miércoles, 20 de noviembre de 2019

En un mundo perfecto

En un mundo perfecto el vino no haría falta.

La esencia de la condición humana pasa por una suerte de lugares comunes que, vistos de uno en uno, son base de un modo de entender el mundo y sus vicisitudes. La honradez, la virtud, el sosiego, la dureza, el corazón como instrumento y no como órgano, la belleza... estos conceptos se retuercen alrededor de una realidad difícil de encajar en algo esencialmente puro; el capitalismo. Hacer vino cuesta dinero y se hace vino para ganar dinero. Se acabó la filosofía.

Al principio no lo entendí. Para mí, desde hace mucho, hay cosas que están por encima del dinero. El dinero no lo compra todo pero su obtención, gestión y uso son clave para lograr objetivos materiales y, en demasiadas ocasiones, también espirituales. Las frases diseñadas para explicar nuestra dependencia del dinero me dan la razón; "el dinero no da la felicidad", "no hay dinero que compre el amor verdadero". Está bien creer que esto es así, igual que es bonito que los niños crean en Papa Noel.... pero luego hay que crecer.

La realidad del vino que describí en "La Revolución del Vino" se ha visto ampliamente superada por los hechos. Y los hechos son... que la revolución no existe. Papa Noel entró por la chimenea y descubrió que lo esperaba la UDYCO que lo investigaba por blanqueo de capitales y narcotráfico. En la causa contra él sé personó también el PACMA por un supuesto cargo de maltrato animal y Green Peace por la contaminación derivada de entrar y salir de tantas chimeneas cada noche. Y se acabó el cuento. No existen las epopeyas épicas que cambian los paradigmas del día a día o revolucionan una generación. No existe la revelación de un secreto inherente a la condición humana dado a conocer a un don nadie como yo. Y no existen los revolucionarios del vino, en el sentido que yo y tal vez otros dos más quisimos dar a entender en obras literarias llamadas (unas más que otras) al ostracismo del tiempo. Existe, y este es un hecho indiscutible, el dinero y la necesidad de tenerlo, atesorarlo y usarlo en beneficio de uno y de sus familiares más cercanos para cosas tan poco espirituales como comer, vestir, viajar o ir al médico. Y para ganar dinero uno debe conseguirlo, bien directa o bien indirectamente. Y los elaboradores son de los de conseguirlo directamente.

Así que, una vez retiramos de la ecuación el componente derivado de la sensibilidad, el respeto, la emoción, el sentimiento y todas esas zarandajas que nos aporta una copa de vino cuando nos ponemos intensitos, lo que queda es dinero, pasta, money, parné. Ni más ni menos. Ni mucho menos.

El vino, en cualquiera de sus formas, es una pura conquista social. Milton Friedman, padre de la economía neoliberal, consideraba que cualquier forma de intrusión del estado en la economía solo podía llevar a esta al desastre. Pero luego, estaba de acuerdo en que el estado era el responsable de regular un componente básico de esa libertad del mercado: las crisis inflaccionarias. la acción del estado como garante del valor de la moneda era en su opinión fundamental para conseguir que la que denominaba "brecha inflaccionaria" se regulase y controlase cada vez que apareciese. Papá estado sirve si me da dinero para seguir jugando a los bancos.

De igual modo, yo mismo postulé que el vino debía costar en función de su nivel y calidad, garantizando así que no fuese preciso producir mucho para vender mucho, sin escalar el precio del vino en función de otros criterios. Hacer muy buen vino, pero en cantidades ínfimas, estaría así protegido por precios altos que nos guardarían de ver como ese mismo vino terminaba multiplicando por diez mil su cantidad de botellas para poder resultar viable a su productor. Una forma de egoísmo ciertamente mezquina, pero para nada nueva. Es el mantra de casi toda la moda de alta costura, de los restaurantes con 3 estrellas Michelin  o de los pescadores de angulas; hay poco, ergo, cobraré lo que me parezca dado que siempre, siempre, voy a tener una enorme demanda. Y mi producto lo vale.

¿Lo vale?.

El vino del que hablé en la Revolución en realidad no existía. Estaba instalado en un rincón de mi mente donde las personas se veían despojadas de su constructo.  Constructo es, en psicología, cualquier entidad hipotética de difícil definición dentro de una teoría científica. Un constructo es algo de lo que se sabe que existe, pero cuya definición es difícil o controvertida. Y yo dije que era una revolución. Dije que habría cambios, que algo pasaba y que era bueno. Dije que existían trincheras, bandos, frentes y posiciones, sin caer en que mi papel fue, únicamente, el del personaje de "La Bodega" de Noah Gordón. Alguien empeñado en creer que está llamado a un fin último que va más allá de su minúscula existencia humana, hasta que descubre que lo mejor que podía hacer lo hizo casi al principio del libro, cuando descubrió aquel viñedo y aquella cava bajo tierra y se entregó a ella.

El vino de la revolución lo laminaron los "Matadores", los maestros del marketing y el esnobismo de los que hablaron de ella en televisión (los mismos de siempre, pero en chaleco y camisa de franela). Lo que era "caldo" siguió siéndolo y lo que era bueno se renombró para seguir siéndolo. Hablamos de como dar a conocer el vino a los más jóvenes olvidando que el vino es la bebida más compleja, trabajosa y esquiva del mundo para descubrir y disfrutar. No es para jóvenes, ni tienen ganas ni tiempo para apreciarlo. Los de la cerveza se dieron cuenta de ello y se fumaron la Revolución a base de sacar 3000 cervezas en 5 años. Ala, andando. Así se hace una revolución. Quemando, tirando, pisoteando y elevando a los altares algo nuevo, sea bueno o no.

Olvidamos que la revolución de Adriá la hicieron el y otros a base de cagarse en lo que había, denostándolo o ignorándolo mientras hablaban maravillas sobre los "orígenes" y los "padres" de todo aquello, pero haciendo algo absolutamente nuevo y distinto. Y, mientras los anteriores, denostados y olvidados, se quejaban en sus academias y organizaciones decimonónicas, ellos siguieron y cobraron. Cobraron lo que les salió de los cojones y quién quiso lo pagó y al final no quedaron más narices que decir que el nuevo establishment, la nueva nobleza cocinera, la nombraban Adriá, Andoni Luis o Berasategui. ¿Acaso no se cocinaba en restaurantes en España hasta los 90?... para nada, pero; ¿podría cualquiera encontrar los nombres de 10 cocineros de los 60 y 70 en este país?... difícil, ¿eh?. Como en toda revolución, para empezar con lo nuevo hay que acabar con lo anterior, sin aspavientos, sin ensañamientos, pero hay que hacerlo. Y aquí, seguimos instalados en la "Peñingología", las listas de "los mejores" y la marquitis que nos hace retroceder al siglo XIX a cada paso. Un ejemplo

El "orange wine" no existe hasta que lo ha vuelto a inventar Martín Codax. ¿No lo habéis leído?, es así y nadie lo puede rebatir. Es obvio que nada pasa hasta que el jefe de prensa de una bodega de millones de euros de facturación lo decide. Vosotros lleváis años diciendo que bebéis orange wine y no es cierto joder... sois una banda.
En una revolución, el día en que Martín Codax comete la desfachatez de presentar esto como una novedad, un revolucionario auténtico acude al acto y le escupe a la botella mientras grita algo del tipo "Esta cooperativa es un fraude¡", o "dejad de beber detergente para el lavavajillas", mientras que lo arrastran los de seguridad. Al día siguiente, los diarios underground en Internet sacarían fotos del individuo en cuestión mientras en La Razón o en otro panfleto publicarían algo del tipo "Un demente trata de deslucir el lanzamiento del nuevo vino de MC sin conseguirlo" y pontificarían sobre la no violencia y lo acertado de que MC se dedique a descubrir este tipo de vinos antes que nadie, sacándolos así del ostracismo. Luego, al pasar la página, veríamos a toda plana un anuncio de Martín Codax con la imagen de su nuevo vino.... "Alabado sea el fruto, Amén"

Nada de esto va a pasar y tampoco creo que sirviese de mucho pero... ¿y las risas?.

Una revolución quiere que la respeten y que la hagan aquellos que estén dispuestos a admitir, primero, que se apuntaron a todo esto para llegar a fin de mes, crear una familia y vivir de algo que no fuese un casillero en una oficina o jugarse la vida en una obra. Algo con poesía, identidad propia y que conllevase una pasión. Un trabajo que pareciese, remotamente, una acción humana consciente y no otro gesto destinado al olvido de las próximas generaciones. 
Porque en un mundo perfecto merecería que existiera el vino. Pero no "este" vino. Merecería uno de los que bebemos en ocasiones, presos de esa nostalgia autocomplaciente que tanto nos gusta defender.

La revolución será sangrienta o no será. Porque, en un mundo imperfecto, como este, el vino es imprescindible para la vida. Y morimos, a cada copa, un poco más.






* Fotos: De los vinos catados en el Ranking Independiente de Vinos, aun cubiertos y anónimos. De una copa de un orange wine de verdad, no como el de la bodega industrial citada más arriba. De una botella de Tinta Femia de O Morrazo que nunca, jamás, será un vino rentable. Por eso me gusta...

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Aún creo

Al principio todo era verdad, pero luego descubres.

El motivo de esta nueva escaramuza es que no tengo a donde ir. No puedo acudir a los sospechosos habituales porque están hartos de mi auto-compadecimiento y mi displicencia. No puedo acudir a los mios porque no se lo merecen. No puedo volver sobre mis pasos porque he olvidado de donde venía. Y, dado que solo se hacer bien una cosa, lo suyo es que escriba sobre mi alma en el único lugar donde he podido hablar de ella desde la verdad, mi verdad, esta autodestructiva y complaciente verdad.

Cuando empecé a escribir sobre vino lo hice desde el más puro y profundo desconocimiento. La ignorancia que exhibía fue legendaria. No sabía nada sobre vino, al menos nada real, nada auténticamente cierto y sometido al más mínimo escrutinio. Escribía sin saber pero, sobre todo, escribía sin deber. Lo hacía usando las herramientas que tenía a mi alcance; la comparativa, el contraste, la investigación. Herramientas que usé como periodista pero que, por alguna razón, no me devolvían nada positivo cuando tenía que hablar de vino. Instalados en el tópico y la frase vacía, los escritores de vino y gastronomía usaban una lista claramente definida de adjetivos para todos sus textos, hablasen de lo que hablase. Lugares comunes, frases vacías; "cocina asequible", "menú de excepción", "cocina llena de color", "elegante", "sobrio", "distinguido"... leyese lo que leyese, escribiera lo que escribiera, todo me llevaba a un soporífero territorio de lo negro, de lo conocido y de lo aburrido. Y si se trataba de hablar de vino...

"Se dice con frecuencia que un mito nace cuando el sujeto muere en su momento de gloria. Si nos referimos a (...), el vino no ha muerto, está más vivo que nunca. La mitificación de esta bodega no nace como resultado de un éxito comercial, sino porque los españoles somos capaces de despedazar una historia de triunfos y dejarnos seducir por el desplante o por la falsa humildad."... Aha...
"mito", "gloria", "el vino...está mas vivo que nunca", "historia de triunfos"... ni una mala palabra, ni un gesto de simple rendición al hecho mismo del interés comercial del proyecto, de la naturaleza humana de los que lo elaboran, de porqué lo hacen, de como lo hacen y a santo de que... nada.

Una enorme extensión de absurda nada recorría y recorre el mundo de la crítica de vinos y de la gastronómica hasta la aparición de los blogs, los foros y de toda aquella exultante región de personajes que durante un lustro más o menos campó a sus anchas por la red: Espeto, Ligasalsas, Diletante and friends, Mileurismo.... los hubo más mediáticos, pero nunca más verdaderos. Se bebían, se comían lo que decían y hablaban de ello. Sin más, sin menos. Pero todo acaba y, al acabar, termina.

No voy a deciros que escribí muchas cosas de las que me arrepiento porque no sería cierto. Escribí sobre cosas que creía erróneas y sobre otras que me transformaron y en no pocos casos, el tiempo me ha quitado la razón. Donde vi bondad solo hubo manipulación, donde vi verdad solo hubo estrategia. Pero, al tiempo, de entre el marasmo habitual de personas y personajes emergió también un puñado de elementos que merecen y merecerán siempre mi mayor aprecio: Xurxo, Rodri, Rafa, Abel, Loncho... por motivos y en dimensiones diferentes, ocupan un lugar en mi imaginario.

Porque esta suerte de "realismo mágico" en que el que me moví para definir a donde me llevó el vino en aquel momento surge de un lugar bastante recóndito en mi interior. De las grietas en mi mente por las que escapa esa suerte de demencia que me acompleja y me hunde. Grietas que se sumergen en un lugar muy profundo y que, como raíces, anidan en mi psique y me destruyen.

Se que escribo bien. Que carajo, escribo muy bien. Soy la ostia escribiendo. No hablo de sintaxis ni ortografía, donde soy un absoluto desastre. Hablo de sembrar semillas. Hablo de describir lugares donde yo he estado pero que pueden ser desconocidos para otros. De definir Albamar 2011 como una suerte de orilla a donde regresar. De definir a un tinto rías baixas como la consecuencia de un espíritu y de ir más allá de los "vinos atlánticos" para decir que la merenzao es la sangre roja del Xil, de la Dena o de la Ribadumia infantil de Rodri, de Loncho o de Xurxo. Usar las palabras como saetas, como lanzas y estiletes con los que ensartar, pinchar y doblegar la comodidad y la falta de espíritu de una generación de escritores que nunca debieron describir un vino, más allá del Siglo Saco. No escribir para hacer amigos sino para adorar a genios, a diosas de la elaboración.

Ir a donde solo Portela y un puñado de rojos peligrosos como él han podido ir. A ese lugar del vino o de la gastronomía a donde solo un puñado de osados navegantes han querido viajar. Mi primera comida en Pepe Vieira, mi primer bacalao en la Menduiña, acompañado de Abel Mendoza Malvasía de 2005, mi primera botella de Solar de Líbano Rva. del 95, mi primer albariño de 30 años... ¿cómo describir la felicidad desde la ignorancia?

Ahora que transito por estos lodos de desesperación y dolor constante recuerdo porqué me apunté a esta guerra. Quería decir, quería contar e ir "más allá" de la crítica vacía y acomodaticia de Peñín y compañía. Ir más allá de "Descubrimos el mejor blanco de España: es un txacolí" o de "Los 10 mejores vinos que encontraras en un Aldí te sorprenderán"... nos ha jodido, te sorprenderán y te servirán para limpiar el parqué de las habitaciones.

Describir un rioja como "un showroom de IKEA" o definir como a "Batman" a un cierto presidente de una DO por llevar capa negra quizá fue excesivo. Pero, en la era del "troleo" en televisión en prime time, en los tiempos del twitter del odio y el resentimiento más profundos me pregunto si no fui incluso blando con quien mereció alguna crítica por mi parte. No me arrepiento, lo repito, por algunas cosas y sigo creyendo que otras merecerían condena penal, pero, a riesgo de parecer converso, me callaré.

En estas lineas motivadas por la tristeza y la vergüenza me pregunto si estuvo bien escribir "La Revolución..." para que nada cambie. Si hice bien en demostrar mi pleitesía a ciertos autores para luego descubrir como la desesperación o la ambición, quien sabe, los ha llevado a pagar por medallas y lisonjas. Me pregunto si quien gasta en que lo coronen merecía mi beneplácito, mi apoyo y mi abrazo fraterno, sobre todo cuando sus vinos sobrevuelan este mundo de mediocridad como un pájaro, libres y valientes, mucho más que su autor. Vinos sinceros elaborados por una persona aparentemente temerosa y necesitada de aprecio.

Escribo para no morir en mi propio olvido. Es triste, pero es certero decir que no me reconozco por las mañanas cuando, tras un enorme esfuerzo, consigo ponerme en pie. No lo hago por mí, vive Dios, pero lo hago. Y en mis ojos tristes y oscuros solo veo los recuerdos de un tiempo en que mi alma subió a una altura inmerecida y me dejó atrás para no volver. Solo y agotado, a un paso del precipicio en que me lanzo cada noche mientras lloro en la oscuridad y recuerdo que una vez fui grande y mi sombra me obliga y se ríe de mi suerte. Porque hubo un tiempo en que fui quien de probar vinos que me superaron y que son ya algo más que meros transmisores de emoción. Vinos de suerte, de vida y de historia. Vinos que son partes del cuerpo, pies, manos, lenguas y ojos. Vinos puros, dóciles, enérgicos, viriles o femeninos, que viajan a años luz de distancia de este mundo ruin y distraído.


En esos vinos estuve y quizá ya nunca volveré a estar. Porque no soy nada más que un despojo. Porque no merezco la vida que he vivido. Porque me muero sin morir. Porque me canso sin trabajar, sin luchar, sin caminar. Porque me duele sin querer. Porque soy solo una llaga abierta que lucha por cerrarse y avanzar. Porque soy bipolar. Porque me falta creer en que hay algo más allá de este día, de esta hora, de este clic.

Y sin embargo, creo. Aún creo.



martes, 25 de septiembre de 2018

La teoría

Seguro que hay un buen número de vosotros que no ha visto "Arrival" ("La Llegada" en su traducción siempre poco meditada al castellano).
De hecho, si seguimos la lógica del guión de Eric Heisserer  basado en el relato "La historia de tu vida" (Story of Your Life) de Ted Chiang, lo primero sería saber cuantos sois "vosotros". Según la estadística de google para este blog, la media de páginas vistas por día ronda los 200 usuarios, lo que más o menos quiere decir que, dependiendo del post, aproximadamente 150 personas ven y tal vez leen mis tribulaciones aquí descritas. En otros tiempos fueron más de 500 personas, pero nunca está bien fijarse en el pasado como base para hacer planes de futuro.

El asunto es que vosotros, seáis los que seáis, tenéis por costumbre leer. Dentro de vuestras lecturas, leéis en Internet y dentro de Internet me leéis en ocasiones a mi. Y eso implica intención.

Volviendo a "Arrival" y sin ánimo de hacer spoiler si os diré que el concepto usado por los autores es lo bastante revolucionario y atractivo como para merecer una atención especial y servir, en mi caso, como base de desarrollo para algo. Algo grande, algo decisivo y algo lo bastante importante como para provocar cambios a medio y largo plazo en el mundo del vino. Si, algo así.




Premisas.
Es importante tener claros algunos axiomas o máximas si queremos que se entienda a donde queremos llegar con todo esto. Así que, al estilo del descuartizador de Rostock, "vayamos por partes"

Primero. El vino es algo más que un producto de consumo. Creo que a estas alturas es asumible por todo el mundo que el vino, para ser tenido en cuenta como el resultado de la acción específica de la mano del hombre, debe ser "algo más" que el puro resultado de una serie de combinaciones químicas. Entendiendo que para lograr "un buen vino" lo necesario no va mucho más allá de:

- un viñedo
- unos medios técnicos
- unos medios biológicos
- unos conocimientos,

si es también entendible que para hacer "un gran vino", es preciso algo más. Pero, ¿que más?.

Segundo. Si lo que se necesita para diferenciar un cuadro de una gran obra pictórica o un edificio de una obra arquitectónica de Le Corvusier pasa por ese "intangible" al que algunos llaman genialidad, asumamos que para hacer "un gran vino" necesitamos algo de ese intangible. Y yo postulo que ese elemento "uncontable" es la capacidad humana para "leer la viña". Definámoslo:

Leer la viña es el poder de ciertos hombres y mujeres para entender la relación intrínseca que existe entre la cepa, la variedad, el suelo y la meteorología local. Esa relación especial, debidamente interpretada y transmitida al vino es la que identifica el famoso "terroir" del que muchos hablan y es, en si misma, una cualidad única de ciertos individuos y no es, ojo con esto, transmisible a un producto de forma masiva. Por la misma razón que el número de obras de arte memorables o de edificios legendarios es finito, el número de botellas en las que uno o una puede expresar su capacidad  para "leer" la viña no puede tender a millones sino más bien a decenas de miles.

Por otra parte, este intangible no se mide de forma efectiva sino es asumiendo otras cosas. Y aquí voy con el siguiente paso que explica el porqué de este despliegue teórico-filosófico de hoy que para muchos será pesado y para otros muchos interesante. ¿Como medimos/calificamos un vino cuando una parte del mismo depende de un criterio que es, en esencia, imposible de medir?.

Tercero. Yo creía, en pasado, que no era medible. Creía, desde mi punto de vista, que no se puede medir la "genialidad" desde la ceguera (catar a ciegas) o desde una cifra cuando hay tanto que cuantificar y cualificar y tan pocos criterios a los que acudir para calibrar esa medida... pero estaba equivocado. Lo estaba.

Se puede medir siempre que exista un criterio para la medida así que si se puede medir la capacidad para "leer la viña", ergo se puede medir la capacidad para introducir esa habilidad en la botella y es posible calibrar y cuantificar cuanto pesa esa capacidad en el resultado final. Se puede hacer y se hace. Es puramente circular y así llego de nuevo al principio de este post.

Si a los cuatro criterios/necesidades que expresaba más arriba, imprescindibles para hacer vino, unimos un quinto al que podemos llamar "terroirismo" (por ejemplo, aunque no es un gran nombre) podremos conseguir un resultado final que nos de una idea genérica sobre la calidad/autenticidad/realidad de un cierto vino en una cierta bodega y de una cierta añada. Una cifra que nos ofrezca una dimensión siempre subjetiva, por supuesto, pero evaluable y medible y, sobre todo, neutral. Una cifra que salga de un criterio individual (obvio) pero partiendo de unos criterios justificables y evaluables de igual manera por otro individuo. Una especie de panel libre que incluya un intangible que, en realidad, no lo es.

Y cuarto. Esta forma "circular" de cata empieza donde termina. Porque cuando uno ve, por ejemplo, el color de un vino determinado ve cualidades propias de la variedad, de la zona o del proceso, pero también puede ver, por extensión, efectos directos de la acción humana y es esa parte de la cata la que debería pesar más que otras. El introducir criterios de valoración en base al uso o no de variedades autóctonas, del uso o no de determinadas técnicas intensivas, impropias de la zona y del vino en cuestión, forma parte de esa capacidad para entender el terroir como parte de un criterio siempre subjetivo pero, ojo, finalmente verdadero.

En resumen; un vino es calificable pero desde un nivel de independencia, credibilidad, ausencia de intereses cruzados o libertad muy difícil de ver hoy en día en nuestro entorno, al menos a nivel nacional. Solo un escrutinio a nivel local permitiría cierto grado de independencia y conocimientos de ese intangible al que me refiero como "terroirismo". Solo una proximidad de ese calibre puede dotar al o la catador/a de la suficiente capacidad como para entender, más allá de lo claro y de lo obvio, qué hace diferente a ese vino de otros elaborados con igualdad de viñedo, medios técnicos, medios biológicos y conocimientos. Un intangible que forma parte de un todo alrededor del que obran milagros algunos y algunas elegidos/as.

Leámoslo.

viernes, 21 de septiembre de 2018

Incapaz de mentir

Esta semana Facebook me recuerda que hace ya cinco años del intento en vano que fue "La Revolución del Vino" y, al hilo de esto y de un pensamiento que me recorre cada vez que recuerdo aquellos momentos (expresado en el propio Facebook por mi mismo bajo el epígrafe "al menos lo he intentado") me han venido algunas ideas a la cabeza que necesito compartir con todos y todas.

Porque hay quien cree, movidos sin duda por sus buenos sentimientos hacia mi, que la publicación y aquellos 500 ejemplares significaron algo más que un gasto en papel y tiempo y si bien yo no creo que fuese algo del todo inútil y una perdida de tiempo, si pienso que la realidad de los hechos y lo que aquel ejercicio de puro ego pretendía han quedado a una distancia sideral; un bluf en toda regla, en roman paladino.

Vayamos al grano. El libro es de 2013. Lo escribí y culmine con la música de fondo de mi hijo recién nacido expresando a voz en grito su profundo malestar por haber tenido que abandonar la comodidad del útero materno para sustituirlo por este mundo frío y hostil. En ese contexto escribí algo que no respondía a ninguna estructura concreta ni perseguía ningún fin claramente definido. En parte glosario, en parte diccionario de términos enológicos, parte ensayo y parte narración pura y dura tenía algo de novela costumbrista, personajes estereotipados y bastante retórica golpista del estilo "vamos a cambiarlo todo para que todo siga igual". Eso de "la revolución permanente" y "el cambio lo haces tu mismo", en clara alusión a los gurús de la nueva alimentación que escriben esa especie de autoayuda disfrazada de compendio culinario que son libros como "Mi dieta cojea" o cualquier cosa escrita por Mikel Iturriaga para el emporio Alfaguara y El País. Y nada más lejos de mi intención que adoctrinar o pontificar sobre algo en lo que creo profundamente (no he cambiado mucho en lo que se refiere a pensar que un buen vino exige, por definición, poca producción y mucha atención personal, lejos del modelo industrial y cooperativo) pero el hecho es que lo hice mal o, al menos, no tan bien como el asunto lo merecía.

Así que cinco años después, ¿que queda de todo lo allí manifestado?. Analicémoslo.

De entrada, las fuerzas vivas notaron (por pura inercia, ojo) que a lo mejor venía bien ser junco en vez de roble y doblarse al viento en lugar de resistir a el (be water my friend, para entendernos), sin intención alguna de cambiar nada, por supuesto, pero dispuestos a entrar en la corriente de "buenísimo vitivinícola" en la que parecía que florecían los mejores vinos de la última década. O al menos los más respetables porque, en esencia, todo esto va siempre de los mismo: si uno no puede ser algo al menos debe parecerlo.
Et voila¡... ahí lo tenemos. De lo más profundo de los muy adustos y respetables clubs de la capital nace el "Manifiesta Matador" que, como su propio nombre indica, nace para "matar" (simbólicamente, claro) el pasado y abrirse al futuro: necesitamos reformular la manera en que se reparte el viñedo y eso lo va a hacer el zorro que ahora se dedica a vigilar a las gallinas. Aha.
Pero funcionó. Fue colgar una web en la que el personal podía sumarse al manifiesto, observar que con el paso de los días la cosa quedaba en nada y seguir a otra cosa. Peñín aprovechó la coyuntura para montar otro de esos salones de "Lo mejor de los mejores vinos mejorados de la mejor España, showroom tradittion review". Más mesas, más copas, más entradas, más publicidad... más dinero. Lo del manifiesto se fue diluyendo (la idea nunca fue otra, para que engañarnos) y aquí paz y después gloria. Revolución 0 - Establishment 1

Otra consecuencia de un libro tan anónimo como el mío pasa por lo bueno que soy escogiendo títulos. Tengo un don para eso, el mismo que no tengo para escribir sin faltas, estudiar una carrera o gobernar como se merece mi propio cerebro. Mis titulos son inspiradores así que, al hilo de la publicación de "La Revolución..." sale una retahíla de libros mejores o peores y con más o menos razón de ser. Pero nada importante hasta que el profeta escogido por el gran apóstol de la barrica y la levadura artificial para evangelizar a las masas en la piel de toro decide escribir un libro subido a la corriente de los tiempos y decide que se titule... "Los nuevos viñadores". Nada de revoluciones por aquí, lógico, pero si mucho "lado humano". Tenemos un libro de este año bajo el titulo "El Medoc alaves: la revolución del vino de Rioja" y un programa en televisión e Internet bajo el título "La revolución verde del vino", destinado a ensalzar lo que hacen los viticultores ecológicos.
Y ya. Nada de revolución más allá de lo evidente.

Así que, por resumir, ¿para que sirvió exactamente "La Revolución del vino"?. En esencia, para más bien poco. Me alegra que haya 496 personas que hallan leído (o no) la historia de Denis Mortet que descubrí de la mano de Paco Berciano. Me alegra haber sido el primero en poner por escrito que Rodri Mendez y Luis Anxo Rodriguez eran dos tipos dignos de mención por lo que hacían, más allá de porqué lo hacían o del resultado final. Me resulta agradable haber sido uno de los primeros en hablar de la necesidad de gestionar con cabeza "armas" del calibre de las levaduras artificiales modificadoras, de los correctores de acidez, del sembrado de bacterias o del uso de chips de madera para acelerar que el vino adquiera gusto a madera. Y, por supuesto, me encanta haber sido el primero en medir con detalle hasta que punto algunos calificadores (no todos, por suerte) no son  más que parte del establishment, una suerte de agencias de calificación llenas de intereses cruzados con cierta parte de la industria a la busca de un beneficio económico común.

Tal vez no fue mucho (no lo fue, nada de tal vez), pero esa parte si decía lo que yo quería decir y como quería decirlo. Lamento mucho lo demás; que todo esto costase tanto tiempo y esfuerzo para no tener ninguna continuidad, el tiempo y el trabajo que le costó a Mari el cubrirme en mis obligaciones mientras yo me hacía pasar por escritor presentando su última obra, que nada cambiase en esencia en el mundo del vino o, al menos, nada realmente grave y profundo. Que no haya nunca una segunda edición e incluso que algunos de los nombrados en la última página del libro, donde con una soberbia inenarrable me atrevo a decir qué me gusta a mi, como si fuese importante o destacable, ya no se dediquen a esto de embotellar la verdad porque, como decía el personaje del tío de Max Skinner en "Un buen año", "Este suculento brebaje es simplemente incapaz de mentir".
Se refería a un Tempier Bandol del 68... nos ha jodido.

Por lo demás, este tipo de recuerdos solo me vuelven a situar ante un hecho cierto, al menos en lo más profundo de mi ser: que o bien "la literatura ha perdido a una de sus voces más frescas e inestables de la última década" o "menos mal que no fue capaz de colocarnos más basura de esta porque mira que es presuntuoso y estúpido el paisano. De la que nos hemos librado".

Sea como fuere la revolución, toda revolución, necesita sangre, fuego y furia, tres cosas que no van con este negocio, con este tiempo y con esta vida.
Nada de revolución. Nada de nada.





miércoles, 12 de septiembre de 2018

Portela

Al final de toda batalla las víctimas siempre son más que los vencedores.

La primera vez que pensé en el suicidio fue en 2010.
La que fue en su momento una de las mayores ilusiones materiales de mi vida, el negocio que dio origen a este blog,  mi Vitualla, mi ojito derecho, se hundía sin remedio. A esas alturas debía...    debía demasiado. Mucho más aún que ahora (que ya es decir) y a ese hecho puramente material se unía el de que mis vanos intentos por mantener a flote el negocio y hacer frente a mis responsabilidades se topaban con mi absoluta incapacidad para solucionar nada. Es por ese tiempo cuando se hace presente un error de configuración en mi mente (así lo entiendo yo), surgido muy probablemente de un trauma infantil por un padre exigente al extremo, una vida de total y absoluta despreocupación y un exceso de responsabilidad puramente endógeno ...vamos, que soy un "pelanas".

Inútil, incapaz, subnormal, idiota, patético, llorón, patoso... la lista de descalificaciones con las que he regado mi existencia es larga y no exenta de cierta gracia. "No me caigo bien" es en resumen la primera explicación que nunca di a un psicólogo. Y es la verdad. Hice de procrastinar todo un arte y siempre en base a un miedo patológico a cagarla, a fracasar estrepitosamente, algo que la vida me iba demostrando a cada nueva acción para tratar de evitar el desastre. Eso fue en 2010, aunque en realidad nunca recuerdo pensar de otra manera sobre mi mismo y mi capacidad o discapacidad o incapacidad o todo junto o nada de lo anterior. Es, así lo entiendo, la parte más tóxica de mi.

Fue ahí cuando empecé a manejar la idea de que un futuro sin mi presencia podría ser mejor para los mios y para el universo en general que seguir aquí.  Pero no fue la última vez, ni la peor.

En 2012 conocí a Antonio Portela. Creo que es persona más que conocida para todos vosotros, pero por si alguien de fuera del mundo del vino sigue sin saber quien es, hablo de un tipo imprescindible. Portela es un poeta en el sentido menos tradicional del termino. Es alguien capaz, por su propia acción, de transmitir sentimientos al respecto de un bien material, un vino, sin que medien otras técnicas y asumiendo que lo hace desde su propia experiencia y conocimiento. Portela es, así se definió hace tiempo, el Viticólogo, un termino que lo define pero no lo encasilla. Antonio es alguien especial, con una sensibilidad única y un modo de acceder al vino desde la viña que considero al alcance de muy pocos, tal vez dos o tres personas que yo conozca. Y ahora, por fin, está haciendo vino... ojo con esto.

El, como otros, quiso preocuparse por mi cuando mi deriva personal me fue empujando a una espiral auto destructiva que ha derivado en un trastorno poco común pero, por desgracia, en expansión: la somatización del estrés en trastornos físicos concretos. Mi depresión y ansiedad me empujan a padecer daños físicos que me ocasionan inflamaciones, desarreglos y trastornos junto a una indecible cantidad de dolor. Esto, unido a una administración de analgésicos, antiinflamatorios, antidepresivos, ansiolíticos y demás farmacología provocó que en un periodo concreto de mi vida mi cabeza no haya funcionado tal cual suele hacerlo en un nivel concreto. Es difícil de describir, pero es parecido, según la descripción de una enferma a la que conocí, a "verse el cerebro desde afuera" sin tener forma alguna de influir en el. Es en ese contexto en el que me olvido o directamente ignoro a no poca gente que me intenta ayudar, comunicarse conmigo y simplemente se preocupan por mi estado.
Y es en ese contexto en el que olvido a Portela. Y no se lo merecía.

No digo que otros y otras si, pero la gente es bien compleja en su forma de acceder a ti. Cada quien es cada cual y las cosas van a su ritmo, las personalidades son diversas y uno no está para historias, ni siquiera cuando los que te llaman o mensajean lo hacen desde el cariño y con la única intención de echarte una mano. En ese contexto yo ignoré a Antonio Portela y no debí. Ni a el ni a otros, pero menos que a otros/as a el.

Lo siento mucho porque ahora me llega su malestar y pienso en cuantas otras personas podrán haber sentido algo parecido por mi ignorancia o desatención y, en su caso más que en otros, lo lamento mucho.

He vuelto a pensar en el suicidio. No muchas veces y no ahora, pero ha sido algo recurrente en momentos concretos y en la semana en la que (por fin) veo un cierto interés por parte de las autoridades en acabar con el tabú que rodea la muerte de alguien por su propia acción quiero compartir con vosotros que existen personas que no somos capaces de cuestionarnos si algo así es minimamente razonable.

Yo, que tengo motivos más que sobrados para seguir por aquí dando la joda, contando mis penas o no, luchando a diario o no o simplemente viviendo a expensas de mis dolores, mis daños y mis filias y fobias, yo, digo, que tengo sobradas razones para seguir aquí en ocasiones no veo tan claro que esos motivos sean realmente más importantes o tengan mayor peso que el hecho cierto de que mi ausencia podría no ser para nada tan grave ni tan importante. Y eso lo he pensado (ya no lo hago, ojo) yo, que amo vivir y lo que representa.
Si yo pienso así... cuantos más podrían hacerlo?. Y aún más; si alguna vez he pensado así... que me impediría pensar así yendo en coche a toda velocidad, o mientras me tomo la pastilla de turno o mientras subo a un ático.... que impide a mi cabeza, que ha demostrado en innumerables ocasiones que va por libre, decidir por mi que "tampoco pasa nada por no estar"?

Me lo impide Portela... no el, claro, sino su tesón. Me lo impiden Jose y Mari, obviamente, y Marcela y Mario y Carlos y Marina y Piki y Jorge y otra vez Jorge y Fran y Tony y el vino (algún vino, claro) y abrir puertas y toda la larga lista de responsabilidades que me pesan y agobian pero que también me anclan cual resorte invisible a este mundo tirano y absurdo.

Y los sueños, amigos y amigas, y las pesadillas, que en mi peor época era muy difícil diferenciar.

Vuelvo a escribir y si mis riñones me dejan, es probable que a beber vino, a catarlo e igual... tal vez... a opinar sobre ellos. Lo haré porque a lo mejor, un buen día, me vuelvo a cruzar con Antonio Portela y quiero darle un abrazo y que el lo reciba como lo que es: una sincera petición de disculpas por haber salido del país de los vivos para adentrarme en mi infierno particular dejando atrás a las víctimas de mi peor batalla, que no ha terminado pero donde, por ahora, vamos ganando. Espero poder decir algún día que volvemos a ser amigos o, al menos, cercanos.

Notareis que, a lo mejor, la euforia me llena hoy de manera distinta a días más sombríos, a pesar de la literalidad de mis palabras... pero de eso va todo esto. Otro día vendrá que no querré escribir o que mande a la mierda a todo el mundo... o no. Sea como fuere, espero no volver a fallarle a nadie como hice con Antonio pero, si tal cosa sucede, que sepáis que desde hace mucho, en mi cabeza, no solo habito yo. También está la sombra, "la nube negra" y a veces más gente.

Trataré de que no hablen todos a la vez. :-)



viernes, 18 de mayo de 2018

Epílogo

Esta no es una petición de auxilio.

Los más cercanos saben que me cuesta horrores escribir. Lo que antes era ligereza y espontaneidad hoy es duro trabajo y sufrimiento. Me cuesta hasta el punto de que este texto de hoy, el último probablemente, me ha llevado 3 meses terminarlo. Así son las cosas chicos y chicas. Y nada va a hacer que eso cambie.

Padezco depresión y ansiedad diagnosticadas desde hace ya 5 años. Mi cuerpo (un cabronazo) tiende a somatizar el estrés y sus consecuencias son múltiples y variadas; inflamación en articulaciones, dolor difuso en piernas y brazos, dolor crónico en espalda y cuello y unas enormes ganas de no levantarse de cama ni para ir a mear. Es lo que hay y en esta guerra llevo ya mucho tiempo. Y soy duro de pelar. Así que aún está por decidir el resultado final de esta lucha sorda y oscura entre yo y yo mismo.

Sea por estas razones o por otras, el hecho es que me drogo con cierta asiduidad. Fluoxetina, Naproxeno, Benzodiazepinas varias, Oxicodona y por supuesto Paracetamol e Ibuprofeno...  la verdad es que controlo un huevo. Y estoy en marcha, que es básicamente de lo que se trata. Pero, obviamente, eso tiene un coste. El coste es múltiple, es duro y variado y no tiene muchos flecos en los que colgarse. Me duele menos si me medico, y me duele más si no lo hago pero, cuando no lo hago, puedo permitirme escribir cosas como esta. Y si me medico no, ni de coña. Además está el hecho de que a mis 43 años no me apetece un carajo ser un invalido mental. He descubierto que mi cerebro es capaz de trabajar en baja frecuencia si me limito a un único tema. Por ejemplo, si solo pienso en cerrajería. Si mi cabeza se centra únicamente en puertas, cerraduras, bombillos, portales, mandos... todo es mucho más sencillo. El Louzán multitarea está sobrevalorado y mi cabeza no da. No da.

Otra de las consecuencias es que en periodos de medicación no bebo nada en absoluto. Nada. Agua por hectolitros y nada más. Desde Navidad no hay vino en mi vida y eso, que queréis que os diga, es una puñeta. Los motivos para seguir adelante se reducen y eso no suele ser bueno, en opinión de mi psicóloga. Así que me aferro, como Di Caprio en Titanic, a un madero que flota. Pero en el Atlántico norte hace un frío del carajo en Abril y ya casi no me siento de cintura para abajo. Leo en Facebook y Twitter la opinión experta de personas entregadas al hedonismo, al vino y a la comida y yo, desde la ruina, las leo como ecos distantes de un tiempo distinto, anterior, pero no mejor ni peor. Un tiempo ajeno. Y me pregunto, en ocasiones, de que coño están hablando. Pero luego se me pasa y me pregunto que pretendía yo participando de algo que ni entiendo ni comparto.
El vino es para los ricos y famosos, amigo. Para los que se lo pueden permitir, por cartera o por salud, o por tiempo. No es para mi, está claro. Quizá nunca lo fue.

Estas líneas no pretende ser un epitafio para un blog que me aportó sobre todo la amistad de personas excepcionales que, de otro modo, nunca habría conocido. He intentado cerrar el blog en varias ocasiones, la última hace unas semanas, a la vista de que concluir este texto me costaba horrores. Pero no he podido. No soy capaz.

Es por ello que creo que debo dejarlo aquí, a la deriva, tal que Tom Hanks a Wilson en el inmenso  Pacífico, esperando a ser condenados o indultados por un Dios vengativo. Y ya no doy más. Espero que mi último brote de imaginación en la inexorable espiral destructiva de mi cerebro os sirva. Espero que a algunos os llegue y a otros simplemente no os resulte banal. Y, al fin, la dejéis morir como se merece. Como el vikingo en su barca funeraria, ardiendo sobre el mar...

“ Y he aquí que veo a mi padre. He aquí que veo a mi madre, a mis hermanas y mis hermanos. He aquí que veo el linaje de mi pueblo hasta sus principios. Y he aquí que me llaman, me piden que ocupe mi lugar entre ellos, en los atrios del Valhalla, el lugar donde viven los valientes para siempre.”



Adiós chicos y chicas. Sed buenos.






lunes, 6 de noviembre de 2017

Amistad

"Es difícil hacer a un hombre miserable mientras sienta que es digno de si mismo".
A. Lincoln


El viaje a la introspección que iniciara hace tiempo ya no admite demasiadas desidias. Es absorbente y conservador y me ocupa todas las horas del día. Es decir, hago más cosas pero todas pasan por el filtro de mi estulticia.  Es por ello (entre otras muchas razones) por lo que no cedo un metro en mi afán por encerrarme en mi propia conducta y ni salgo, ni quedo, ni acudo a llamada alguna... salvo a la de los amigos.

Mariano Fisac es, por definición, un buen tipo. Ya lo he dicho y no me repetiré, pero está bien que vosotros, simples mortales, sepáis que tenéis a un individuo especial entre vosotros. Carlos Leira es, además de buena persona, un tipo con suerte. Tiene casi todo lo que cualquiera podríamos desear; una familia estupenda, un gran trabajo y una estupenda personalidad. Su trabajo le ha costado, no lo dudéis. Otro grandísimo fulado al que describir como mi amigo.
Es por ellos por lo que abandoné mi estabulamiento ideal en la aldea del fin del mundo para acudir a la cita anual en Segovia que solemos disfrazar de sesudo ranking para decidir que vinos de los que se apuntan a participar y cuestan menos de 10€ son los mejores. El Ranking de Mariano, para entendernos.


Pero ocurre, y esto no lo he entendido hasta esta edición, que existe un componente, un intangible, que lo rodea todo y lo hace vibrar, de un modo inesperado y excitante. Ocurre que, sin yo saberlo ni entenderlo, en Segovia se me quiere. Y no solo a  mi, que ya sería rareza digna de estudio. No. Se nos quiere, en plural. Gente a la que no conozco salvo por el vino y sus historias, gente de la que nada se y que piensa, cree y siente de modo distinto (obviamente) que yo... me respeta, me quiere y me da su aprecio y amistad.
Y para mi (palabra) esto es todo un enigma.

De lo vivido, bebido y tratado entre el Viernes 3 de Noviembre y el Domingo 6 se ha escrito e ilustrado someramente en redes sociales y esta parrafada quiere ser solo otro homenaje a los hitos principales de estos días; la cena del viernes, espectacular, y su acompañamiento liquido, a base de champagne y de la mano de uno de los, probablemente, 5 tipos que más sabe de la Champagna y el champagne en España, Alvaro Moreno. Tipo listo, capaz de sentir pasión por algo y, al tiempo, hacérnosla sentir a los demás. Es difícil que un champagne de los que este hombre y sus secuaces (Goyo, Nacho, Manuel,.... grandes) te ofrece esté mal, pero igual de complejo es elegir uno como el mejor. A mi el Ambonnay me puso pálido, pero gustó muchísimo el Textures de Vouette&Sorbee (las fotos son de Lorena Costa...yo no tengo paciencia para esas cosas ya).

Pero al viernes siguió el sábado, la cata en si misma, las torrijas matinales con el gran Ramiro de "parteneire" (que bien nos iría a todos teniendo tan claro esto de vivir como lo tiene Ramiro) para desayunar y una comida rayando en lo vicioso, donde probamos en forma de vino lo innumerable de una amistad tan grande y tan abierta como la nuestra, que no entiende de mucho más que de comer, beber y vivir, algo tan serio como cualquiera de las otras muchas cosas que si llenan horas de telediarios y páginas de prensa "seria". Para serio el Ancestral de Crusat.... "amos" hombre.




En fin, que deberíamos empezar a hablar de nacionalizar "A la Volé" o, en su caso, a Alvaro y compañía, sobre todo por la propiedades terapéuticas y sanadoras de 2 días en Segovia acompañado de los amigos, la comida, la bebida y del Ranking de vinos por menos de 10€.

Gracias por tanto y tan bueno.






lunes, 2 de octubre de 2017

Elegía de un instante concreto

Cuando nací mi padre no estaba. Cuando nació mi hermana, si.

Esta concatenación de hechos inservibles que a nadie importan son en mi vida un escollo insalvable y desestabilizánte. Lo son porque no entiendo, desde mi absoluta ignorancia, como es posible que alguien pueda perderse un momento como ese. Cuando nació mi hijo yo si estaba. Y no creo que hubiese muchas cosas que me hubiesen impedido estar en ese instante y ver la expresión de total desconsuelo y frustración de mi hijo al nacer; "Para esto me habéis sacado?...para morar con los demás en este lugar frío, incomodo e insoportable?.... ¿Por qué!?".
No me lo habría perdido por nada del mundo.

Claro que mi padre tiene excusa. La misma que el resto de su generación, heredera directa de una sinrazón llamada dictadura franquista, que defendía como notable que un padre debía ignorar por encima de todo de cualquier rudimento relacionado con la procreación salvo "hacer hijos". Y en esa tesitura, hacerse cargo de ellos; de su manutención, su educación y poco más. Lo de los sentimientos lo dejamos mejor para gente más preparada, ya sabéis, actores, psicólogos y gentes de esas de hablar mucho y decir poco. Mi padre y gran parte de su generación vinieron a este mundo a sufrir, a trabajar y a quejarse poco o nada. Así es el, al menos.

El día que nací mi padre estaba a unos cientos de kilometros levantando pilares de autopista. Para cuando llegó, días después, ya estaba todo el pescado vendido. En cambio, cuando nació mi hermana vino a recogerme al colegio. Era un martes por la tarde, "Nació tu hermana. Ven a conocerla". Tenía siete años. Mi madre cuenta que a mi padre se le escapó una lagrimilla al saber del nacimiento de su niña. Lógico.

Desde ese momento e incluso antes, la relación entre mi padre y yo ha sido más bien escasa. Somos extremadamente parecidos en bastantes cosas: tercos, viscerales, enérgicos y poco amigos de dar nuestro brazo a torcer. El es infinitamente más listo que yo, un tipo hábil, leal, muy profesional y duro. De trato directo, pero amable. Yo (no seré quien me describa) soy, según me cuentan, más cercano y abierto. Se escuchar pero más bien hablo por los codos. Soy honesto y trato de no ser aborrecible y... a veces lo consigo. Pero nunca, jamas, seré ni una pizca de lo fuerte que mi padre ha sido. Nunca tendré su coraje y su valentía y, por supuesto, tampoco su disciplina. Pero claro... tampoco seré tan inflexible, tan seco y tan arisco en el trato cercano como lo es el. Y no tengo demasiados problemas en mostrarle mi amor a mi hijo, como el si tuvo y tendrá, porque se lo marcaron a fuego. A toda su generación. Los sentimientos en público son cosa de "maricones" y "nenazas". Y punto. Ni besos ni lágrimas.

Sin embargo, una vez... tendría unos 10 años y lo recuerdo como si fuera hoy. A mi padre le gusta pescar, con caña o en lancha, da igual. Con 10 años me compró una caña para mi medida. Era roja, extensible y con su carrete a medida. De vez en cuando salíamos a pescar y una tarde fuimos al río Castro en Lires (Cee), en la desembocadura de este río que forma un pequeñísimo estuario, a un lado de la playa de Nemiña y separando los términos municipales de Muxía y Cee.


En aquel tiempo, hace más de 30 años, en el río se daban con profusión peces de desembocadura. Así a la trucha arcoriris (presente por la existencia de una piscifactoría cercana) se unen los robalos, los "muxos" (mujol, en castellano) y alguna anguila. Ahí pescamos durante años y aquella tarde fue allí, en un recodo del río, justo antes de que se una con el mar, donde plantamos la caña.
Esta actividad tenía una parafernalia. Había que ir a por "miñoca", lombrices de tierra sacadas de nuestro terreno que usábamos aún vivas. Había que cebar el anzuelo y lanzarlo al río y esperar.
Y, aunque lo de esperar nunca ha sido mi fuerte, recuerdo que aquella tarde esperé. Y mientras esperaba vi a aquel hombre, que por aquel entonces tendría unos 32 años, y pensé: ..."este es mi padre". Y no creo que lo hubiese pensado hasta entonces porque para mi aquel hombre era solo un hombre. El hombre de las broncas, el de la severidad, el que me gritaba y amenazaba cuando no me portaba como el consideraba que debía portarme. El hombre hosco y rudo totalmente aplastado por la vida que le había tocado a alguien que, menos que nadie, debió nunca tener una obligación familiar. Un hombre de mar encallado en tierra, un artista con las manos, con una visión para la belleza estética, particularmente la pintura, digna de mención. Ese hombre condenado a jornadas interminables en una fabrica, trabajando como electricista y soldador cuando lo suyo siempre fue la madera.

Puerta de su garaje, pintada por el.
Ese hombre tan exigente consigo mismo y con los demás, de trato tan difícil para los suyos en ocasiones, ese, por un breve instante a la orilla de un río gallego lleno de peces y libertad, ese.... era mi padre. Lo era y lo es, porque este texto es la elegía de ese instante, no la de mi padre que sigue dando voces y discutiendo. Es el recuerdo amable de una tarde sin violencia verbal, sin reproches y sin ansiedad. Una tarde tan excepcional como para que la recuerde más de 30 años después. Ojalá yo tenga algún día una tarde como esa con mi hijo, con o sin río, con o sin cañas de pescar.

Más de 30 años después ignoro la razón para que me sienta así (bueno, no la ignoro, pero querría ignorarla) y me siento cada vez más inútil. Soy amante esposo y padre devoto y, aún así, no siento que esté ni a kilómetros de la talla personal de mi padre. Siento una profunda frustración y desvarío como hoy, pero no creo, honestamente, que tenga mucho sentido nada de todo lo que hacemos, lo que yo hago, para mantenerme a flote como persona y como individuo que lucha por continuar....y nada más. Me come la ansiedad y la amargura y, quizá por ello, a falta de siete días para mi 43 cumpleaños, sigo ignorando a que carajo vine yo aquí. Nada me llena, nada me reconforta y sin embargo sigo, avanzo, aunque no sepa ni a donde ni porqué.

Ojalá vea pronto la orilla del río para desplegar mi cañita de color rojo y tratar de pescar una trucha o algo así. Sería una hermosa manera de pasar la tarde.

viernes, 14 de julio de 2017

Adiós a las armas

Hemingway era un soberano hijo de perra. Misógino, alcohólico, violento... la cantidad de calificativos gruesos y descarnados que le dedican biógrafos y estudiosos es enorme. Un tipo que odió a fondo y que terminó odiándose a si mismo al extremo de pegarse un tiro.
Pero antes de todo eso, antes de ser un icono de tantas cosas, escribió. Escribió mucho y a veces muy bien.

Este año no he ido a "A Emoción dos Viños". Hay múltiples razones para ello, todas enormemente razonables y prosaicas (trabajo, tiempo, distancia...) y luego hay algunas que llevo días pensando si explicar o no. Y al final ha salido que si.

No fui a Celanova porque no quise. Hace ya mucho que el vino no me "emociona" y, de un tiempo a esta parte, la gente del vino tampoco. Hablo de la emoción solida del reencuentro anual, de las sonrisas educadas y la charla intrascendente. Hablo de querer ir a un sitio porque te sientes bien allí. Y ya no. Tal vez fui yo o tal vez la enorme educación de muchas personas con las que me cruce en el camino, pero lo cierto es que nunca he sido nadie especial en todo este batiburrillo de caras, abrazos y, porqué no decirlo, hipocresía comercial. Porque a A Emoción se va a vender, no lo olvidemos. Algunos, de hecho, llevan mucho vendiendo una realidad que no es y una filosofía que no aplican... pero ese será motivo de otro discurso y no de este.

El vino no me emociona como para conducir mas de dos horas a un lugar que, por desgracia, ya no me aportará mucho más que unas pocas sonrisas forzadas y mucha incertidumbre. Y aún así, me da pena. ¿Sabéis por quien lo siento de verdad?... por Marina. Marina Cruces es un espíritu puro, una persona como no creo que haya más de una docena en el mundo. A ella si me apetecía verla pero el resto de razones prosaicas y razonables me lo impidieron. Ojalá tenga posibilidad de darle un abrazo real en el futuro, más allá de los ejercicios de apariencias de muchos.

Mi ausencia de emoción por el vino y sus autores llega a la par que mi abandono de ciertas substancias y sospecho que ambas cosas tienen alguna relación. Porque siento que ya no soy la misma persona, en gran parte, que ensalzaba sin miramientos a las personas que elaboraban vinos de ensueño y que afirmaba (por escrito) que "es muy difícil hacer un buen vino sin ser buena persona".
Pues mira, no. Estaba equivocado. Es posible, ignoro si fácil o difícil, pero hay hoy entre nosotros malas personas, en el sentido estricto del insolidario, del que solo se mira su ombligo y del que cree ser poseedor de todas las cualidades que niega a los demás, haciendo vinos que pasan por buenos vinos, merecedores de estar en A Emoción.

Noooo, ni se me va a ocurrir decir cuales. Ya no es asunto mío, y me alegro. Pero ocurre, os lo aseguro, y no me apetecía ni lo más mínimo llegar a un lugar tan lejano para mi vida diaria como Celanova y encontrarme con tal o cual vino y volver a oír que si los sulfitos son veneno o que si la selección es la clave o que las variedades autóctonas son lo más. Y oírselo a personas que, después, lejos del foco y en privado, actúan como si todo esto no fuese con ellos y bien atentos a la cuenta de resultados. Porque "hay que comer", dicen, como si los que exponen hacienda y salud lo hiciesen becados por el estado y sin tener que preocuparse por llegar a fin de mes. De este tipo en Celanova este año hubo varios y no tengo cuerpo para hacer el pariré.

La otra buena razón para no ir partía de un experimento personal. Tenía un buen amigo, Jorge, que murió por un cancer de páncreas hará unos cinco años, que en 2011 puso en marcha un ejercicio realmente patético pero sin duda ocurrente. Anualmente teníamos una reunión de llamémosle "ex amigos de copas". Somos unos 12, de diferentes edades, unidos por noches etílicas y un enorme almacén de anécdotas, algunas cuasi delictivas, pero todas muy divertidas. Nos reunimos, cenamos, tomamos unas copas más o menos civilizadas y andando. Y año tras año no solía fallar nadie, hasta 2011 en que Jorge no vino. Al trabajar fuera y estar soltero nadie preguntó demasiado y tras la cena nadie se interesó por saber nada más de el. Pero unos seis meses después, ya en verano, me lo encontré. Nos cruzamos en A Coruña y lo saludé y el me correspondió. Y al preguntarle por su ausencia me dijo; "Vaya, eres el primero que me pregunta. He cruzado mensajes por múltiples cuestiones con algunos otros y absolutamente nadie me dijo nada ni me preguntó ni una sola vez porqué no había ido. Veras, es que ese sábado ingresé por una insuficiencia renal. En las semanas siguientes me detectaron varios nódulos y masas por todo el cuerpo, en los riñones sobre todo y desde entonces me han operado ya dos veces y he recibido quimioterapia otra. No fui porque no podía pero, seis meses después, eres el primero que me preguntan porqué. Gracias"

No volví a verlo, murió un año después. Lo peor de que no vayas es que no se note tu ausencia. ¿Lo peor?...no. Quizá es lo mejor. Que nadie te diga absolutamente nada sobre porqué no estuviste en un lugar al que estabas profundamente vinculado hace menos de un año dice bastante a las claras porqué muchos/as sonreían a tu paso o porqué determinado trato y proximidad. No hablo de los que si me preguntaron antes, porque esos no entran ni entraran en la misma categoría que aquellos/as que, como a mi amigo, no han tenido tiempo ni de preguntarse porqué el pesado aquel que tanto escribía y que ahora calla no se ha molestado en acudir a la edición de A Emoción que mayor repercusión mediática ha tenido nunca.
Pues que sepáis que ya no me emociona. Como en "Adiós a las armas", la guerra, sus obligaciones y equilibrios ya no me importan porque he descubierto que hay cosas mucho más importantes para mi.

Es la vida y el paso del tiempo. "El agua moja, el cielo es azul y el viejo demonio Jimmy anda suelto por ahí... y se hace cada día mas fuerte. Por eso debemos estar atentos hijo, por eso". Hay pocas cosas que no se expliquen en "El último Boy Scout" y esta no es una de ellas. Nos vemos.




* Foto de A Emoción 2017 sacada del perfil de Jorge Diez en Facebook.

domingo, 14 de mayo de 2017

Un don extraordinario

No sé si habéis visto "La la Land". Yo si la he visto. Es extraordinaria.

Entiendo que hay un sin número de elementos avocados a la lectura de esta infraescritura a la que me acojo en ocasiones que creen, a pies juntillas, que la tal película no es más que una ñoñería sin sustancia, otro ejercicio del Hollywood más lamentable, pastelero, llorón y vergonzoso. Un musical, por resumir.
Y los entiendo.

Existen, a ciencia cierta, dos tipos claros de seres humanos. Están los que se conmueven y los que no. Los que lloran y los que no. Los que están dispuestos a sufrir por hechos inciertos y nada prácticos, y los que no. Están quienes entienden "La La Land", "Arrival" o "The Martian" y los que no. La esencia oculta de las cosas está...eso, oculta. Y solo cierto tipo de espíritu emite en la misma onda que ciertas películas, series o libros. O música.
Están quienes se conmueven con esto....y los que no.

Este sábado ha sucedido un hecho noticiable, hablando de música. Resulta que, tras décadas de travesía del desierto, por primera vez Eurovisión lo ha ganado una canción. No un ejercicio de fuegos artificiales, una "performance" u otra casta de ejercicio visual para telespectadores con deficit de atención, no. Ha ganado una canción interpretada por un cantante. Sin más. Esta.
Y es extraordinario.

Hay personas que tienen, por su condición, un don extraordinario. Son los Pavarotti, los Messi, los
Einstein o los Rembrand de sus respectivas áreas de actuación. Gente extraordinaria a niveles extraordinarios. Gente como mi madre. Capaz de educarnos a mi y a mi hermana sin mayor destrozo ni enmienda. Gente como mi mujer, Mari, capaz de soportarme en mi neuras, en mi ausencia y en mi presencia. Gente como mi amigo Piki, que cree aunque la realidad le obligue a descreer, o como Mariano, que se empeña, o como Carlos, que no duda.

Ese tipo de gente extraordinaria no abunda, no creáis; "Brindo por aquellos que sueñan, Locos, como quizá parezcan, Brindo por los corazones rotos, Brindo por el desastre que hacemos". El mundo en el que malvivimos se come a los soñadores. Los devora. Son escoria, gente que salta la valla sin permiso, que no medita, que vive y transita por impulsos de fe descontrolada. Gente peligrosa  esos soñadores. "Eliminadlos". Uno la emprende a soñar y luego respira hondo y descubre a sus 42 años, cargado de deudas, con mujer y un hijo, que ya no puede saltar la valla. Que, por mucho que uno se empeñe, soñar es ya delito. Y algo propio de imbéciles...
Y luego, ves "La La Land" ("Ciudad de las estrellas, brillas solo para mi?"). Y entiendes que tú no eres más que otro Ryan Gosling, enamorado sin medida de un sueño imposible y utópico. Si, las dos cosas. Y que solo te queda tocar tu piano en soledad y esperar a que ella, por error, vuelva a entrar en tu local para, una vez más, poder tocar esa canción. Esa que resume en minuto y medio nostalgia, amor, emoción y sueño. Solo otro embaucado por la soledad propia del soñador empedernido. Tu.

Soñar en tiempos de guerra es un don. Un don extraordinario. Apreciemos el don que nos rodea y demos gracias, si así fuese, por su existencia. Y luego, asumamos que ya nunca más saltaremos esa valla. Que soñar es de insensatos. Que "las vueltas dan mucha vida", como leía este día en un anuncio, y que ya toca descansar.

"Ella me dijo:
"Un poco de locura es la clave
Para ver nuevos colores.
¿Quién sabe a dónde nos llevará?
Es por eso que nos necesitan"

lunes, 13 de febrero de 2017

Soy yo

Algunos creemos que el mundo, sus pobladores, se pueden dividir en dos. La clave del asunto está en decidir "en dos que". Dos mitades, claro, pero ¿bajo que criterio?.

El mundo se puede dividir entre los que han visto enteras las siete temporadas de "El Ala Oeste de la Casa Blanca" y los que no. Los últimos se quedaron sin ver su último episodio, "Mañana", sin entender lo profundo, lo sentimental, lo humano de esa frase en el cierre, cuando la mujer del presidente de los EE.UU en esta ficción, le pregunta a su marido, que acaba de abandonar el cargo tras 8 años durísimos; "Jett, ¿en que estas pensando?", "en mañana".

El mundo se puede dividir entre los que han oído el "Nessun Dorma" de la opera Turandot de Puccini con conocimiento de causa y los que no. Calaf le dice al pueblo de Pekín "que nadie duerma" mientras no se descubra el nombre, el suyo, del pretendiente que ha acertado las tres adivinanzas de la cruel Turandot, la princesa china de la que es pretendiente: "Al alba venceré!" canta Calaf, que interpretado por el desaparecido Luciano Pavarotti alcanzó sus más altas cotas. "Vinceró!"

El mundo se divide entre quienes han probado El Carro de 2010 y los que no. O Abel Mendoza Malvasía de 2005, o un Albamar de 2011. Una parte no pequeña del mundo ignora que existe un placer mayor más allá de la simple ingesta de vino. Incluso, de entre aquellos que se suponen en el lado correcto de esta raya imaginaria también hay multitud de ignorantes. El mundo se divide entre quienes han estado en el Louvre y los que no. Hay quien prefiere, allá cada quien, visitar Roma y el Vaticano con no se que afán espiritual. Yo la espiritualidad la dejé olvidada en un plato de callos en Asturias, rodeado de gente con alma y corazón. En el Louvre padecí, sufrí. Lo hice ante la irreversible verdad de que no podría entrar en aquellas salas a diario el resto de mi vida. Que muy probablemente, solo con mucha suerte, sería capaz en el futuro de volver a ver ante mi a la Victoria Alada de Samotracia, "Las Bodas de Caná" de Veronese o "La Virgen de las Rocas" de Leonardo. Que con muy poca probabilidad sería alguna vez capaz de volver a estar delante de "La Encajera" de Vermeer o de las "Mujeres de Argel en su apartamento" de Delacroix.

El "Ser o no ser" de Shakespeare dirimido en actos de pura lujuria emocional. No puedo beber vino. Pude y tal pueda, pero ahora no. Tampoco soy muy capaz de escribir. Donde antes las letras bailaban y se amontonaban certeras hoy salen de mi mente tal que alambre de espino, rajando y desgarrando todo lo que encuentran a su paso. No puedo más. Mi cabeza no quiere y hoy por hoy mi cabeza es la que manda. En mi peor momento soy mejor que el 95% de los que publican sobre vino (cobrando) y lo sé. Se que esto es así, sin falsas modestias y con muy poca pedantería. Lo se porque me lo han dicho, gente a la que respeto por su opinión y criterio. Pero lo se también porque lo veo y lo leo, desde la autoexigencia y sin complacencia alguna.
Pero ya no.

No quiero dejar de escribir así que lo haré "de vez en cuando". "El Presidente deberá, de vez en cuando, informar al Congreso sobre el Estado de la Unión y le recomendará las Medidas que él estime necesarias y convenientes", esto dice la Constitución de los Estados Unidos sobre la obligatoriedad del presidente de rendir cuentas al congreso. De vez en cuando. Si el puede...
Así que de vez en cuando escribiré, porque para mi es como respirar, un acto inconsciente. Y aunque mi respiración sea corta y mala, aunque tenga cada vez menos de inconsciente y mas de inconstante, yo tengo que escribir. Pero no sobre vino. Tal vez sí sobre personas, pero no sobre vino. No puedo beber, al menos no con la regularidad que merece este blog o aquellos que lo lean. No puedo mantener un criterio probando menos de 30 vinos al año. No es ni lógico ni medio normal. Tampoco lo es que participe en determinadas actividades relacionadas con este mundo, aunque de eso no hablaré porque es privado y muchos deben saber antes que nadie las razones y motivos. Pero no puedo escribir y debo atesorar cada palabra vertida para que no sobren ni falten.

No puedo escribir y me cuesta sentarme a teclear. Lo que antes llevaba 10 hoy cuesta 30 y eso no es para mi. El acto de teclear debe fluir, como la pluma, y aunque siempre he sido torpe en esto ahora es directamente desesperante. Empiezo este texto un jueves y lo acabo un lunes. Mis dedos no van al ritmo de mi mente y mi mente se ausenta sin motivos aparentes. Y con este coctel cuesta muchísimo ser veraz y certero. Y ya no hablo de escribir algo coherente y honrado que llegue, al menos, a tantos como ha llegado alguna de las cosas que aquí he escrito. Quiero divagar, cruzar umbrales, saltar vallas y correr sin sentido ni horizonte. Y eso es muy difícil cuando tus pies tropiezan entre si. Cuando el frío y la niebla te lo impiden. Quiero volar y no soy capaz ni de tomar impulso.

Lamento mucho todo esto. Mi ánimo es nulo y en estos tiempos de zozobra hacen falta payasos, no el "Grand Guignol". En aquel teatro parisino, el memorable Oscar Métenier ofrecía espectáculos basados en el drama mas horrendo, protagonizados por actores con las extremidades cercenadas y los ojos arrancados. Y la época que vivimos merece bufones, cómicos, no actores del método. El mundo del vino se rinde a la risa, al festival, a la juerga sin medida y a vinos mediocres que la llenen de burbuja y simpleza. Nada de tintos con garra y enjundia. Mejor burbujitas del montón, que no cuesten trabajo (no vaya a ser). Y así con todo. Así con la tele y el cine, así con reality`s y famoseo. Fuera estrecheces, adelante con el show.

Y yo no estoy para eso chicos y chicas. Me pide el cuerpo hablar de dramas propios y ajenos y no quiero. No quiero escribir así de mal para nada. Así que, de vez en cuando, escribiré, si, pero no sobre vino. O si, quien sabe. No lo se. Ni eso se.

El mundo se divide entre la media docena que leía La Trastienda de Louzán y los que no. Los que no se habrán perdido una época de lucha y verdad (no post-verdad). Y la otra mitad se habrán hinchado a leer a El Comidista, Peñín o Maribona. Eso que han ganado, eso que se han perdido. Es un país libre, o eso dicen.

Mi mundo se divide entre querer levantarme por la mañana y no querer. Y nunca quiero.  Mi mundo se divide entre escribir y sufrir o tumbarme y no hacer nada. Y lo segundo es infinitamente más cómodo, aunque duela en el corazón. Así son las cosas y no pinta que vayan a cambiar en un futuro inminente. No quiero escribir así, no debo, no puedo. Pero soy incapaz de dejarlo. Es un dilema. Es un castigo. Soy yo.



martes, 10 de enero de 2017

Vamos

Decía Nietzsche que "la verdad tiene forma y apariencia. Según sea la posición del observador la verdad puede ser entera, media o mentira. Y en algunos casos, incluso, ausente".

En gastronomía hay, como en casi todo, personas, entes y personajillos. Las personas, una minoría, atienden a criterios morales y éticos, incluso contra su propio interés. Los entes, como seres informes que son, atienden a intereses varios, sobre todo propios y, en no pocas ocasiones, contra criterios éticos y morales. Por último están los personajillos. estos, como la verdad, presentan varias formas; son verdaderos a medias, enteros o incluso son falsos. Hoy hablaremos de estos últimos.

Hay una verdad no escrita en el mundo del vino contra la que hace tiempo que nos vendría bien luchar porque, básicamente, es una verdad incierta. Si, vale, es un oxímoron.  Pero tal y como veréis más adelante, es probable que no me equivoque al definirlo así.
Se trata de la cata a ciegas. Ya he escrito sobre ella y dado mi opinión al respecto. Pero este acontecimiento reciente me hace volver sobre este mantra, carente en mi opinión de ningún valor científico y, por supuesto, de muy pocos valores éticos. Desde el punto de vista emotivo, catar a ciegas es, básicamente, la translación al mundo del vino del cuento del Vestido Nuevo del Emperador. Para los que no tuvisteis infancia, el cuento trata de un emperador vanidoso y esnob que gasta millones en ropa nueva y, por su propia vanidad, es engañado por un sastre bloguero de El País que le ofrece un vestido de un hilo tan especial que es invisible a ojos de todo el mundo salvo, claro, a los de los aduladores de la corte. Así consigue, resumiéndolo mucho, que el emperador acabe paseándose en pelota picada por las calles del reino, entre las risas de los pobres mortales, bebedores de coca-cola y vino de cartón, que ríen por la estupidez de su gobernante. Mientras, el sastre huye con los bolsillos llenos, claro está. En todos estos cuentos siempre sale ganando el mismo.


Este invento de El Comidista para el ex-periodico de izquierdas es un ejemplo de esto último.  Resulta que Isabelle Brunet cata a ciegas espumoso y cavas del super y sale que uno de los más ricos es también uno de los más baratos. El tal "Bach Extrisimo", un Penedes de pocos más de tres pavos en el super, le dijo a la buena de Isabell que se trataba de un cava "muy elegante" y que "tenía gracia". Le dio ocho puntos y medio sobre diez. El mejor de los nueve que probó. Tócate los pies.

De esta secuencia sale un debate en dos direcciones la mar de interesantes. Por un lado; ¿es de fiar la opinión de alguien cuando no refleja la realidad?. Si este cava era el mejor de los 9 y para una insigne catadora como esta señora se trataba de un vino "de los más complejos y los más untuosos del día", ¿que otras cosas aporta un Selosse de 150€ de los que a buen seguro si hay en la bodega de Monvinic?. El otro debate va en la linea de querer asimilar como es posible que alguien de los conocimientos y capacidades demostrados para la cata por la señora Brunet sea capaz de considerar que el mejor de los 9 era, probablemente, el brebaje más tóxico e infumable, el más retocado y masivo de los que se sirvieron en esa tanda. Una filial de Codorniu.
Y aquí es donde está el quid de la cuestión.

La cata a ciegas es una trampa. Lo es, claro está, no para los que son como nosotros, frikis de tomo y lomo que entienden que lo que la Sra. Brunet quiso decir es que, de esa muestra concreta de 9 cavas de medio pelo el menos infumable era el tal Bach. Es una trampa y de las gordas para todos los demás. Para los centenares, tal vez miles, que tras ver ese vídeo pueden tirar de cuñadismo y decir a quien quiera oírles que "la muchacha esta, que sabe un huevo de vinos caros, dijo en Internet que el Bach que te he traído, cuñado, es la rehostia!... así que saca de ahí esas mierdas tuyas y pon la copa flauta que vas a saber lo que es bueno".

Es evidente que para los reputados compañeros que llenarán de glamour y salsa el próximo concurso de cata por parejas del amigo Quin Vila no tienen ningún problema con la cata a ciegas. También es un hecho que los afamados catadores participantes en el mundial de cata a ciegas entienden de las virtudes de esta técnica para desentrañar las mejores cualidades y características de un buen vino. Lo que digo, y estoy convencido de ello, es que la cata a ciegas de vinos (o pseudo-vinos) en entornos inadecuados y condiciones difíciles, a manos de personajes como Mikel Iturriaga es solo otra herramienta más al servicio de los que desean desmontar eso del vino como quintaesencia de la calidad humana. Nada mejor que enseñar como el rey desnudo se pasea en pelota picada enseñando sus vergüenzas mientras cree, ufano, que viste un tejido de tal calidad y belleza que no está al alcance de los simples mortales. "¡Que sabrán ellos sobre dar con las notas de anís estrellado y zarzamora que nosotros detectamos en aquel vino del Jura!..."

Que sabrán ellos lo que es realmente un cava untuoso, elegante y complejo...¿no?.

La gracia de todo esto, si la hay, está en lo sencillo que es desmontar el mito de la cata a ciegas. Es lógico asumir que, si alguien ha sido capaz de utilizar licor de castaña o esencia de roble para dar a su vino un determinado estilo, por muy artificial que pueda resultar, ese alguien ha sido capaz también de disfrazar su artificio con la suficiente habilidad como para que alguien más o menos experto piense que está ante algo que no es lo que parece. La policía no es tonta. La misma capacidad que llevó a los técnicos a convertir el toque a plátano en parte de los aromas varietales de la Gamay, cuando jamas había sido tal, ha sido la que ha logrado que un brebaje con más o menos parecido a otros cavas de precios y calidades sensiblemente superiores parezca, a ojos de una experta, el menos malo de entre los malos.

Hace no mucho un loco dijo que; " Y es que el problema no son solo las personas. El problema es una mera cuestión de objetividad contra subjetividad...y de fe. Fe en que lo que allí se afirma (la puntuación, las estrellas, etc...) esa valoración única de un sujeto, es la medida real de la calidad de algo tan subjetivo como personas hay bebiendo vino en el universo. No es posible reducir a una cifra la humildad, la honestidad, la genialidad, el saber hacer, la lluvia, el frío, el sol, la nieve, el viento, la lucha contra los parásitos, la elección del día de la vendimia, la elaboración con todos sus innumerables aspectos y matices diferenciados. No.
Es un simple engaño, un juego de manos similar al de la religión. Tenga usted fe y obtendrá el perdón y la recompensa. ¿Y si no quiero tener fe o desconfío de quien me quiere guiar?, ¿y si solo soy un descreído hijo de puta, rebelde sin causa, al que le gusta probar y probar sin medida".

Yo no tengo demasiada fe en Isabell Brunet para medir calidades en el súper y no tengo la más mínima fe en Mikel Iturriaga para nada en absoluto. Tengo fe, si, en que un buen día alguien con verdadera capacidad y criterio tendrá al fin espacio en medios tradicionales para difundir el mensaje que algunos llevamos años tratando de hacer entender a gente como Iturriaga... que el vino es y está a años luz de las cortas entendederas de quien engaña y manipula, a años luz de los balances de cuentas de Codorniu y a una distancia sideral de todo lo efímero e impostado. Un buen día, ojalá, en El País hablará de vinos alguien con criterio.... ¡anda, si ya lo hace!. :-)

Ojalá algún día lo sigan tantos como hay y, al fin, el cuñado de turno lleve un vino realmente auténtico y verdadero a la próxima cena familiar. Ojalá.  


lunes, 26 de diciembre de 2016

Epílogo (sub cero)

nombre masculino
1. Parte final de un discurso o de una obra literaria en la que se ofrece un resumen general de su contenido.
2. Parte final de ciertas obras literarias o dramáticas en la que se da el desenlace de alguna acción no concluida o se refiere un suceso que guarda relación con la acción principal o es consecuencia de ella.


Cuando era niño y me preguntaban aquello de "y tu, ¿que quieres ser de mayor?", temblaba.
"Yo, ¿de mayor?... pero,  ¿por qué tengo que ser mayor?".
Luego uno crece, por pura consecuencia natural, e interpreta que la pregunta no iba con segundas. Nadie espera al hacértela que realmente te la tomes en serio y adquieras alguna especie de compromiso con el destino donde, por tu propia determinación, busques la manera y pongas todo tu empeño en cumplir con esa promesa, "yo quiero ser bombero", por ejemplo. Y a pesar de tu ceguera, tus kilos de más y tu proverbial miedo a las alturas, al humo y al calor, lo das todo y te pones  como un animal para lograr el objetivo. Vamos, que no. Si tiene que ser que no, es que no.

Yo nunca he querido ser solo algo. Ser solo policía, solo bombero, médico, arquitecto, físico, escritor, periodista, actor, conductor, viajero... Yo lo quería todo y nada a la vez. Soy un as del procrastinar, un verdadero erudito en perder el tiempo. Incluso antes de enfermar me ha encantado dedicar horas los días libres a no hacer nada en absoluto, salvo pensar. Y eso porque mi cerebro no tiene un interruptor al que pueda acceder voluntariamente.

En la película "Chef" del inefable John Favreau, el protagonista, para intentar inculcar en su hijo el amor por las cosas bien hechas en la cocina, le dice: "Está claro que no he sido un buen marido (está separado) y puede que tampoco sea un gran padre, pero esto lo hago bien". Esta frase me hizo, cuando vi esta película por primera vez, hacerme esa misma pregunta; ¿que es lo que yo hago bien?. Y, a decir verdad, no lo se. Es más, creo que nada. Al referirme a "hacer algo bien" hablo de hacerlo realmente bien. Conozco a personas que hacen vino realmente bien, aunque luego el mercado, como una ola simbólica, los arrastra a las profundidades del averno miserable del mercadeo y los confunde. Pero el vino lo hacen realmente bien. Conozco hosteleros, camareros y sumilleres y a algún cocinero que son (ellos y ellas) realmente buenos en lo suyo. Memorables. Y, aunque luego el tirano, el cliente, los lleva por la senda de lo vulgar y efímero, de la moda más absurda, la verdad es que lo que hacen lo hacen como los ángeles.

Conozco a personas realmente buenas y también a un montón de hijos de puta. Pero si hay alguien a quien no conozca es a mi mismo. Me gusta el vino pero casi no bebo, me encanta comer pero no puedo y no debo. Disfruto leyendo pero cada vez lo hago menos y aunque detesto la televisión que se hace aquí en no pocas ocasiones termino viéndola. Soy humano, para entendernos.

Y divago. En eso soy muy bueno, aunque sea un recurso inútil. Divago aquí, lo hago en otros foros y lo hago a conciencia. Divago porque ir al grano podría significar el tener que reconocer mi incapacidad para ser sincero. Ser auténtico, ser directo y real sobre mi y mis obligaciones, mis consecuencias, mis destrozos y el reguero de desechos y basura que voy dejando tras de mi. La lista innumerable de sueños rotos, compromisos incumplidos, acuerdos inalcanzados. Deudas.

La realidad es tozuda. Las excusas, los atajos y la falta de credibilidad que jalonan parte de mi discurso en el mundo del vino han dejado claro que la revolución no fue tal. Tan solo un conato, una mala "asonada" donde no llegamos a sacar los tanques a la calle. Ni hubo mandos ni hubo tropa, solo alguna fogata y dos o tres tiros mal pegados. Por contra, la industria se ha hecho más fuerte, quizá ya irreductible. Nosotros, los desposeídos, nosotros los miserables descritos por Victor Hugo, no hemos hecho más que tocar el tambor y llamar a las calles de París a los parias de la ciudad que, al final, no han acudido. Y sin armas ni tropa nos han dado hasta en el carnet de identidad. Ni siquiera hemos planteado batalla, tal era nuestra certeza en la derrota.

Y en estas, el Marat de turno ha sido sustituido por una paisana medio en pelotas con un blog donde colgar las fotos que se saca con los prebostes del mundillo que, con la lanza en ristre, expresan una y otra vez su total ignorancia y falta de respeto por los y las auténticas hacedores del vino de verdad. Del vino de la postverdad, en términos de 2016 e internet. La postverdad del vino es un millonario en batín hablando ora de vinos de escándalo ora de Montecillos y dando por bueno todo lo que se embotella. La posverdad es aceptar que las muestras son un peaje que paga quien puede y que quien no puede inventa para adentrarse un poco más en el averno de la estupidez del mundillo. Postverdad soy yo y ni me había enterado.

En este contexto es en el que me planteo el fin definitivo de este lugar, de esta plaza en tierra hostil y, haciendo mía la definición de un referente para mi, el gran Julio Romero; "José Luis Louzán... antes tirador franco y ahora francotirador", me planteo si seguir o morir. Porque no me quedan ganas, ni fuerzas, pero sobre todo no me quedan agallas para soportar tanta desnudez, tanta imbecilidad, empezando por la mía, y tanto quiero y no puedo. Beber vino no puede ser el acto insolidario de un simple usuario. Beber debe ser vivir y si uno no está dispuesto, el silencio. No es admisible escribir sobre vino cuando se bebe con asco pero menos aun cuando se compara, en una especie de "totum revolutum"  a un rioja de medio pelo con lo más excelso del universo de Ramiro, por ejemplo. No es admisible comparar un albariño con Almabar, con Nanclares o con el último de Iria Otero. Joder, es un puto insulto, hostia. Razonemos.

 Me niego a admitir que de vino puede hablar cualquiera, porque esto es tan absurdo como que yo hable de medicina. Un ignorante no puede hablar de vino. Puede hablar de el, por supuesto, pero quien le haga el más mínimo caso es un absoluto majadero. Hablar de vino es hablar de vísceras, de tripa, de corazón y alma y quien no sepa de que va todo eso mejor que hable de cerveza. Concebir que algo que depende tanto, tantísimo, del intelecto humano como la elaboración de vino es solo el resultado de aritmética, formulas y datos es algo así como creerse que la obra de Lorca es pura sintaxis y métrica.
"Ya te vemos dormida.
Tu barca es de madera por la orilla.

Blanca princesa de nunca.
¡Duerme por la noche oscura!
Cuerpo de tierra y de nieve.
Duerme por el alba, ¡duerme!

Ya te alejas dormida.
¡Tu barca es bruma, sueño, por la orilla!"

Quien piense que las cosas que nos llenan el corazón y nos limpian la mente salen del frío cálculo y la ciencia fría viven equivocados. Y es una pena. Nunca podrá, por mucho que el club de cata se empeñe, ser lo mismo una vertical de Belondrade que un solo de Crisopa. Jamas un Lalama de 2004 será como el del 2010 porque falta Laura y nunca, nunca, el Kracher del hijo será como el del padre. Y hay una buena razón para que todo esto sea así y se llama amor.

Mirad, yo no se hacer bien casi nada, pero se leer. Leer lo hago bastante bien. Y leo, entre líneas, que en algún momento una lista no pequeña de hijos e hijas de puta ha pretendido hacer presa en nuestro pequeño islote para hacerse con nuestra orilla. Y no se lo voy a permitir. Conmigo no van a poder porque, simplemente, no me apetece.

Así que voy a escribir, voy a escribir y a decir, emboscado, que me cansan los blogueros cutres, los comidistas interesados, los articulistas que confunde bueno con barato y que "la calidad no es cara" como si viviéramos en la rusia de los 60, que me enamora una cena entre amigos y amigas, que echo mucho de menos a mi buen Mariano, a Carlitos y a mi hermano Piki, a los asturcones, a mi querida Marbella y a muchos y muchas que he ido dejando en el camino por mi mala cabeza, por la política torticera del tiempo en el que vivimos o por mi total incapacidad para aceptar que el amor tiene muchas caras. No voy a cambiar, pero en el vino no hay colores y eso es tan real como un sorbo de Abel Mendoza Malvasía del 2005.

Veréis, jalonando el texto, enlaces a múltiples temas musicales, principalmente bandas sonoras de películas. No pretendo que os los escuchéis (líbreme Dios) pero si quiero deciros que en todos los casos han acompañado en algún momento concreto la redacción de este texto. Son mi "real torcedor", el fulgor sobre el que me apoyo para no desfallecer mientras me desnudo aquí. Aprovechadlos con tino.

Voy a seguir escribiendo sobre vino, sobre mi y sobre mis circunstancias y voy a seguir haciéndolo tal y como lo he hecho hoy. Quien espere otra cosa está muy equivocado. No se hacerlo mejor pero tampoco creo que deba dejar de hacerlo.

Respirad hondo... ¿Vamos?