viernes, 14 de julio de 2017

Adiós a las armas

Hemingway era un soberano hijo de perra. Misógino, alcohólico, violento... la cantidad de calificativos gruesos y descarnados que le dedican biógrafos y estudiosos es enorme. Un tipo que odió a fondo y que terminó odiándose a si mismo al extremo de pegarse un tiro.
Pero antes de todo eso, antes de ser un icono de tantas cosas, escribió. Escribió mucho y a veces muy bien.

Este año no he ido a "A Emoción dos Viños". Hay múltiples razones para ello, todas enormemente razonables y prosaicas (trabajo, tiempo, distancia...) y luego hay algunas que llevo días pensando si explicar o no. Y al final ha salido que si.

No fui a Celanova porque no quise. Hace ya mucho que el vino no me "emociona" y, de un tiempo a esta parte, la gente del vino tampoco. Hablo de la emoción solida del reencuentro anual, de las sonrisas educadas y la charla intrascendente. Hablo de querer ir a un sitio porque te sientes bien allí. Y ya no. Tal vez fui yo o tal vez la enorme educación de muchas personas con las que me cruce en el camino, pero lo cierto es que nunca he sido nadie especial en todo este batiburrillo de caras, abrazos y, porqué no decirlo, hipocresía comercial. Porque a A Emoción se va a vender, no lo olvidemos. Algunos, de hecho, llevan mucho vendiendo una realidad que no es y una filosofía que no aplican... pero ese será motivo de otro discurso y no de este.

El vino no me emociona como para conducir mas de dos horas a un lugar que, por desgracia, ya no me aportará mucho más que unas pocas sonrisas forzadas y mucha incertidumbre. Y aún así, me da pena. ¿Sabéis por quien lo siento de verdad?... por Marina. Marina Cruces es un espíritu puro, una persona como no creo que haya más de una docena en el mundo. A ella si me apetecía verla pero el resto de razones prosaicas y razonables me lo impidieron. Ojalá tenga posibilidad de darle un abrazo real en el futuro, más allá de los ejercicios de apariencias de muchos.

Mi ausencia de emoción por el vino y sus autores llega a la par que mi abandono de ciertas substancias y sospecho que ambas cosas tienen alguna relación. Porque siento que ya no soy la misma persona, en gran parte, que ensalzaba sin miramientos a las personas que elaboraban vinos de ensueño y que afirmaba (por escrito) que "es muy difícil hacer un buen vino sin ser buena persona".
Pues mira, no. Estaba equivocado. Es posible, ignoro si fácil o difícil, pero hay hoy entre nosotros malas personas, en el sentido estricto del insolidario, del que solo se mira su ombligo y del que cree ser poseedor de todas las cualidades que niega a los demás, haciendo vinos que pasan por buenos vinos, merecedores de estar en A Emoción.

Noooo, ni se me va a ocurrir decir cuales. Ya no es asunto mío, y me alegro. Pero ocurre, os lo aseguro, y no me apetecía ni lo más mínimo llegar a un lugar tan lejano para mi vida diaria como Celanova y encontrarme con tal o cual vino y volver a oír que si los sulfitos son veneno o que si la selección es la clave o que las variedades autóctonas son lo más. Y oírselo a personas que, después, lejos del foco y en privado, actúan como si todo esto no fuese con ellos y bien atentos a la cuenta de resultados. Porque "hay que comer", dicen, como si los que exponen hacienda y salud lo hiciesen becados por el estado y sin tener que preocuparse por llegar a fin de mes. De este tipo en Celanova este año hubo varios y no tengo cuerpo para hacer el pariré.

La otra buena razón para no ir partía de un experimento personal. Tenía un buen amigo, Jorge, que murió por un cancer de páncreas hará unos cinco años, que en 2011 puso en marcha un ejercicio realmente patético pero sin duda ocurrente. Anualmente teníamos una reunión de llamémosle "ex amigos de copas". Somos unos 12, de diferentes edades, unidos por noches etílicas y un enorme almacén de anécdotas, algunas cuasi delictivas, pero todas muy divertidas. Nos reunimos, cenamos, tomamos unas copas más o menos civilizadas y andando. Y año tras año no solía fallar nadie, hasta 2011 en que Jorge no vino. Al trabajar fuera y estar soltero nadie preguntó demasiado y tras la cena nadie se interesó por saber nada más de el. Pero unos seis meses después, ya en verano, me lo encontré. Nos cruzamos en A Coruña y lo saludé y el me correspondió. Y al preguntarle por su ausencia me dijo; "Vaya, eres el primero que me pregunta. He cruzado mensajes por múltiples cuestiones con algunos otros y absolutamente nadie me dijo nada ni me preguntó ni una sola vez porqué no había ido. Veras, es que ese sábado ingresé por una insuficiencia renal. En las semanas siguientes me detectaron varios nódulos y masas por todo el cuerpo, en los riñones sobre todo y desde entonces me han operado ya dos veces y he recibido quimioterapia otra. No fui porque no podía pero, seis meses después, eres el primero que me preguntan porqué. Gracias"

No volví a verlo, murió un año después. Lo peor de que no vayas es que no se note tu ausencia. ¿Lo peor?...no. Quizá es lo mejor. Que nadie te diga absolutamente nada sobre porqué no estuviste en un lugar al que estabas profundamente vinculado hace menos de un año dice bastante a las claras porqué muchos/as sonreían a tu paso o porqué determinado trato y proximidad. No hablo de los que si me preguntaron antes, porque esos no entran ni entraran en la misma categoría que aquellos/as que, como a mi amigo, no han tenido tiempo ni de preguntarse porqué el pesado aquel que tanto escribía y que ahora calla no se ha molestado en acudir a la edición de A Emoción que mayor repercusión mediática ha tenido nunca.
Pues que sepáis que ya no me emociona. Como en "Adiós a las armas", la guerra, sus obligaciones y equilibrios ya no me importan porque he descubierto que hay cosas mucho más importantes para mi.

Es la vida y el paso del tiempo. "El agua moja, el cielo es azul y el viejo demonio Jimmy anda suelto por ahí... y se hace cada día mas fuerte. Por eso debemos estar atentos hijo, por eso". Hay pocas cosas que no se expliquen en "El último Boy Scout" y esta no es una de ellas. Nos vemos.




* Foto de A Emoción 2017 sacada del perfil de Jorge Diez en Facebook.

domingo, 14 de mayo de 2017

Un don extraordinario

No sé si habéis visto "La la Land". Yo si la he visto. Es extraordinaria.

Entiendo que hay un sin número de elementos avocados a la lectura de esta infraescritura a la que me acojo en ocasiones que creen, a pies juntillas, que la tal película no es más que una ñoñería sin sustancia, otro ejercicio del Hollywood más lamentable, pastelero, llorón y vergonzoso. Un musical, por resumir.
Y los entiendo.

Existen, a ciencia cierta, dos tipos claros de seres humanos. Están los que se conmueven y los que no. Los que lloran y los que no. Los que están dispuestos a sufrir por hechos inciertos y nada prácticos, y los que no. Están quienes entienden "La La Land", "Arrival" o "The Martian" y los que no. La esencia oculta de las cosas está...eso, oculta. Y solo cierto tipo de espíritu emite en la misma onda que ciertas películas, series o libros. O música.
Están quienes se conmueven con esto....y los que no.

Este sábado ha sucedido un hecho noticiable, hablando de música. Resulta que, tras décadas de travesía del desierto, por primera vez Eurovisión lo ha ganado una canción. No un ejercicio de fuegos artificiales, una "performance" u otra casta de ejercicio visual para telespectadores con deficit de atención, no. Ha ganado una canción interpretada por un cantante. Sin más. Esta.
Y es extraordinario.

Hay personas que tienen, por su condición, un don extraordinario. Son los Pavarotti, los Messi, los
Einstein o los Rembrand de sus respectivas áreas de actuación. Gente extraordinaria a niveles extraordinarios. Gente como mi madre. Capaz de educarnos a mi y a mi hermana sin mayor destrozo ni enmienda. Gente como mi mujer, Mari, capaz de soportarme en mi neuras, en mi ausencia y en mi presencia. Gente como mi amigo Piki, que cree aunque la realidad le obligue a descreer, o como Mariano, que se empeña, o como Carlos, que no duda.

Ese tipo de gente extraordinaria no abunda, no creáis; "Brindo por aquellos que sueñan, Locos, como quizá parezcan, Brindo por los corazones rotos, Brindo por el desastre que hacemos". El mundo en el que malvivimos se come a los soñadores. Los devora. Son escoria, gente que salta la valla sin permiso, que no medita, que vive y transita por impulsos de fe descontrolada. Gente peligrosa  esos soñadores. "Eliminadlos". Uno la emprende a soñar y luego respira hondo y descubre a sus 42 años, cargado de deudas, con mujer y un hijo, que ya no puede saltar la valla. Que, por mucho que uno se empeñe, soñar es ya delito. Y algo propio de imbéciles...
Y luego, ves "La La Land" ("Ciudad de las estrellas, brillas solo para mi?"). Y entiendes que tú no eres más que otro Ryan Gosling, enamorado sin medida de un sueño imposible y utópico. Si, las dos cosas. Y que solo te queda tocar tu piano en soledad y esperar a que ella, por error, vuelva a entrar en tu local para, una vez más, poder tocar esa canción. Esa que resume en minuto y medio nostalgia, amor, emoción y sueño. Solo otro embaucado por la soledad propia del soñador empedernido. Tu.

Soñar en tiempos de guerra es un don. Un don extraordinario. Apreciemos el don que nos rodea y demos gracias, si así fuese, por su existencia. Y luego, asumamos que ya nunca más saltaremos esa valla. Que soñar es de insensatos. Que "las vueltas dan mucha vida", como leía este día en un anuncio, y que ya toca descansar.

"Ella me dijo:
"Un poco de locura es la clave
Para ver nuevos colores.
¿Quién sabe a dónde nos llevará?
Es por eso que nos necesitan"

lunes, 13 de febrero de 2017

Soy yo

Algunos creemos que el mundo, sus pobladores, se pueden dividir en dos. La clave del asunto está en decidir "en dos que". Dos mitades, claro, pero ¿bajo que criterio?.

El mundo se puede dividir entre los que han visto enteras las siete temporadas de "El Ala Oeste de la Casa Blanca" y los que no. Los últimos se quedaron sin ver su último episodio, "Mañana", sin entender lo profundo, lo sentimental, lo humano de esa frase en el cierre, cuando la mujer del presidente de los EE.UU en esta ficción, le pregunta a su marido, que acaba de abandonar el cargo tras 8 años durísimos; "Jett, ¿en que estas pensando?", "en mañana".

El mundo se puede dividir entre los que han oído el "Nessun Dorma" de la opera Turandot de Puccini con conocimiento de causa y los que no. Calaf le dice al pueblo de Pekín "que nadie duerma" mientras no se descubra el nombre, el suyo, del pretendiente que ha acertado las tres adivinanzas de la cruel Turandot, la princesa china de la que es pretendiente: "Al alba venceré!" canta Calaf, que interpretado por el desaparecido Luciano Pavarotti alcanzó sus más altas cotas. "Vinceró!"

El mundo se divide entre quienes han probado El Carro de 2010 y los que no. O Abel Mendoza Malvasía de 2005, o un Albamar de 2011. Una parte no pequeña del mundo ignora que existe un placer mayor más allá de la simple ingesta de vino. Incluso, de entre aquellos que se suponen en el lado correcto de esta raya imaginaria también hay multitud de ignorantes. El mundo se divide entre quienes han estado en el Louvre y los que no. Hay quien prefiere, allá cada quien, visitar Roma y el Vaticano con no se que afán espiritual. Yo la espiritualidad la dejé olvidada en un plato de callos en Asturias, rodeado de gente con alma y corazón. En el Louvre padecí, sufrí. Lo hice ante la irreversible verdad de que no podría entrar en aquellas salas a diario el resto de mi vida. Que muy probablemente, solo con mucha suerte, sería capaz en el futuro de volver a ver ante mi a la Victoria Alada de Samotracia, "Las Bodas de Caná" de Veronese o "La Virgen de las Rocas" de Leonardo. Que con muy poca probabilidad sería alguna vez capaz de volver a estar delante de "La Encajera" de Vermeer o de las "Mujeres de Argel en su apartamento" de Delacroix.

El "Ser o no ser" de Shakespeare dirimido en actos de pura lujuria emocional. No puedo beber vino. Pude y tal pueda, pero ahora no. Tampoco soy muy capaz de escribir. Donde antes las letras bailaban y se amontonaban certeras hoy salen de mi mente tal que alambre de espino, rajando y desgarrando todo lo que encuentran a su paso. No puedo más. Mi cabeza no quiere y hoy por hoy mi cabeza es la que manda. En mi peor momento soy mejor que el 95% de los que publican sobre vino (cobrando) y lo sé. Se que esto es así, sin falsas modestias y con muy poca pedantería. Lo se porque me lo han dicho, gente a la que respeto por su opinión y criterio. Pero lo se también porque lo veo y lo leo, desde la autoexigencia y sin complacencia alguna.
Pero ya no.

No quiero dejar de escribir así que lo haré "de vez en cuando". "El Presidente deberá, de vez en cuando, informar al Congreso sobre el Estado de la Unión y le recomendará las Medidas que él estime necesarias y convenientes", esto dice la Constitución de los Estados Unidos sobre la obligatoriedad del presidente de rendir cuentas al congreso. De vez en cuando. Si el puede...
Así que de vez en cuando escribiré, porque para mi es como respirar, un acto inconsciente. Y aunque mi respiración sea corta y mala, aunque tenga cada vez menos de inconsciente y mas de inconstante, yo tengo que escribir. Pero no sobre vino. Tal vez sí sobre personas, pero no sobre vino. No puedo beber, al menos no con la regularidad que merece este blog o aquellos que lo lean. No puedo mantener un criterio probando menos de 30 vinos al año. No es ni lógico ni medio normal. Tampoco lo es que participe en determinadas actividades relacionadas con este mundo, aunque de eso no hablaré porque es privado y muchos deben saber antes que nadie las razones y motivos. Pero no puedo escribir y debo atesorar cada palabra vertida para que no sobren ni falten.

No puedo escribir y me cuesta sentarme a teclear. Lo que antes llevaba 10 hoy cuesta 30 y eso no es para mi. El acto de teclear debe fluir, como la pluma, y aunque siempre he sido torpe en esto ahora es directamente desesperante. Empiezo este texto un jueves y lo acabo un lunes. Mis dedos no van al ritmo de mi mente y mi mente se ausenta sin motivos aparentes. Y con este coctel cuesta muchísimo ser veraz y certero. Y ya no hablo de escribir algo coherente y honrado que llegue, al menos, a tantos como ha llegado alguna de las cosas que aquí he escrito. Quiero divagar, cruzar umbrales, saltar vallas y correr sin sentido ni horizonte. Y eso es muy difícil cuando tus pies tropiezan entre si. Cuando el frío y la niebla te lo impiden. Quiero volar y no soy capaz ni de tomar impulso.

Lamento mucho todo esto. Mi ánimo es nulo y en estos tiempos de zozobra hacen falta payasos, no el "Grand Guignol". En aquel teatro parisino, el memorable Oscar Métenier ofrecía espectáculos basados en el drama mas horrendo, protagonizados por actores con las extremidades cercenadas y los ojos arrancados. Y la época que vivimos merece bufones, cómicos, no actores del método. El mundo del vino se rinde a la risa, al festival, a la juerga sin medida y a vinos mediocres que la llenen de burbuja y simpleza. Nada de tintos con garra y enjundia. Mejor burbujitas del montón, que no cuesten trabajo (no vaya a ser). Y así con todo. Así con la tele y el cine, así con reality`s y famoseo. Fuera estrecheces, adelante con el show.

Y yo no estoy para eso chicos y chicas. Me pide el cuerpo hablar de dramas propios y ajenos y no quiero. No quiero escribir así de mal para nada. Así que, de vez en cuando, escribiré, si, pero no sobre vino. O si, quien sabe. No lo se. Ni eso se.

El mundo se divide entre la media docena que leía La Trastienda de Louzán y los que no. Los que no se habrán perdido una época de lucha y verdad (no post-verdad). Y la otra mitad se habrán hinchado a leer a El Comidista, Peñín o Maribona. Eso que han ganado, eso que se han perdido. Es un país libre, o eso dicen.

Mi mundo se divide entre querer levantarme por la mañana y no querer. Y nunca quiero.  Mi mundo se divide entre escribir y sufrir o tumbarme y no hacer nada. Y lo segundo es infinitamente más cómodo, aunque duela en el corazón. Así son las cosas y no pinta que vayan a cambiar en un futuro inminente. No quiero escribir así, no debo, no puedo. Pero soy incapaz de dejarlo. Es un dilema. Es un castigo. Soy yo.



martes, 10 de enero de 2017

Vamos

Decía Nietzsche que "la verdad tiene forma y apariencia. Según sea la posición del observador la verdad puede ser entera, media o mentira. Y en algunos casos, incluso, ausente".

En gastronomía hay, como en casi todo, personas, entes y personajillos. Las personas, una minoría, atienden a criterios morales y éticos, incluso contra su propio interés. Los entes, como seres informes que son, atienden a intereses varios, sobre todo propios y, en no pocas ocasiones, contra criterios éticos y morales. Por último están los personajillos. estos, como la verdad, presentan varias formas; son verdaderos a medias, enteros o incluso son falsos. Hoy hablaremos de estos últimos.

Hay una verdad no escrita en el mundo del vino contra la que hace tiempo que nos vendría bien luchar porque, básicamente, es una verdad incierta. Si, vale, es un oxímoron.  Pero tal y como veréis más adelante, es probable que no me equivoque al definirlo así.
Se trata de la cata a ciegas. Ya he escrito sobre ella y dado mi opinión al respecto. Pero este acontecimiento reciente me hace volver sobre este mantra, carente en mi opinión de ningún valor científico y, por supuesto, de muy pocos valores éticos. Desde el punto de vista emotivo, catar a ciegas es, básicamente, la translación al mundo del vino del cuento del Vestido Nuevo del Emperador. Para los que no tuvisteis infancia, el cuento trata de un emperador vanidoso y esnob que gasta millones en ropa nueva y, por su propia vanidad, es engañado por un sastre bloguero de El País que le ofrece un vestido de un hilo tan especial que es invisible a ojos de todo el mundo salvo, claro, a los de los aduladores de la corte. Así consigue, resumiéndolo mucho, que el emperador acabe paseándose en pelota picada por las calles del reino, entre las risas de los pobres mortales, bebedores de coca-cola y vino de cartón, que ríen por la estupidez de su gobernante. Mientras, el sastre huye con los bolsillos llenos, claro está. En todos estos cuentos siempre sale ganando el mismo.


Este invento de El Comidista para el ex-periodico de izquierdas es un ejemplo de esto último.  Resulta que Isabelle Brunet cata a ciegas espumoso y cavas del super y sale que uno de los más ricos es también uno de los más baratos. El tal "Bach Extrisimo", un Penedes de pocos más de tres pavos en el super, le dijo a la buena de Isabell que se trataba de un cava "muy elegante" y que "tenía gracia". Le dio ocho puntos y medio sobre diez. El mejor de los nueve que probó. Tócate los pies.

De esta secuencia sale un debate en dos direcciones la mar de interesantes. Por un lado; ¿es de fiar la opinión de alguien cuando no refleja la realidad?. Si este cava era el mejor de los 9 y para una insigne catadora como esta señora se trataba de un vino "de los más complejos y los más untuosos del día", ¿que otras cosas aporta un Selosse de 150€ de los que a buen seguro si hay en la bodega de Monvinic?. El otro debate va en la linea de querer asimilar como es posible que alguien de los conocimientos y capacidades demostrados para la cata por la señora Brunet sea capaz de considerar que el mejor de los 9 era, probablemente, el brebaje más tóxico e infumable, el más retocado y masivo de los que se sirvieron en esa tanda. Una filial de Codorniu.
Y aquí es donde está el quid de la cuestión.

La cata a ciegas es una trampa. Lo es, claro está, no para los que son como nosotros, frikis de tomo y lomo que entienden que lo que la Sra. Brunet quiso decir es que, de esa muestra concreta de 9 cavas de medio pelo el menos infumable era el tal Bach. Es una trampa y de las gordas para todos los demás. Para los centenares, tal vez miles, que tras ver ese vídeo pueden tirar de cuñadismo y decir a quien quiera oírles que "la muchacha esta, que sabe un huevo de vinos caros, dijo en Internet que el Bach que te he traído, cuñado, es la rehostia!... así que saca de ahí esas mierdas tuyas y pon la copa flauta que vas a saber lo que es bueno".

Es evidente que para los reputados compañeros que llenarán de glamour y salsa el próximo concurso de cata por parejas del amigo Quin Vila no tienen ningún problema con la cata a ciegas. También es un hecho que los afamados catadores participantes en el mundial de cata a ciegas entienden de las virtudes de esta técnica para desentrañar las mejores cualidades y características de un buen vino. Lo que digo, y estoy convencido de ello, es que la cata a ciegas de vinos (o pseudo-vinos) en entornos inadecuados y condiciones difíciles, a manos de personajes como Mikel Iturriaga es solo otra herramienta más al servicio de los que desean desmontar eso del vino como quintaesencia de la calidad humana. Nada mejor que enseñar como el rey desnudo se pasea en pelota picada enseñando sus vergüenzas mientras cree, ufano, que viste un tejido de tal calidad y belleza que no está al alcance de los simples mortales. "¡Que sabrán ellos sobre dar con las notas de anís estrellado y zarzamora que nosotros detectamos en aquel vino del Jura!..."

Que sabrán ellos lo que es realmente un cava untuoso, elegante y complejo...¿no?.

La gracia de todo esto, si la hay, está en lo sencillo que es desmontar el mito de la cata a ciegas. Es lógico asumir que, si alguien ha sido capaz de utilizar licor de castaña o esencia de roble para dar a su vino un determinado estilo, por muy artificial que pueda resultar, ese alguien ha sido capaz también de disfrazar su artificio con la suficiente habilidad como para que alguien más o menos experto piense que está ante algo que no es lo que parece. La policía no es tonta. La misma capacidad que llevó a los técnicos a convertir el toque a plátano en parte de los aromas varietales de la Gamay, cuando jamas había sido tal, ha sido la que ha logrado que un brebaje con más o menos parecido a otros cavas de precios y calidades sensiblemente superiores parezca, a ojos de una experta, el menos malo de entre los malos.

Hace no mucho un loco dijo que; " Y es que el problema no son solo las personas. El problema es una mera cuestión de objetividad contra subjetividad...y de fe. Fe en que lo que allí se afirma (la puntuación, las estrellas, etc...) esa valoración única de un sujeto, es la medida real de la calidad de algo tan subjetivo como personas hay bebiendo vino en el universo. No es posible reducir a una cifra la humildad, la honestidad, la genialidad, el saber hacer, la lluvia, el frío, el sol, la nieve, el viento, la lucha contra los parásitos, la elección del día de la vendimia, la elaboración con todos sus innumerables aspectos y matices diferenciados. No.
Es un simple engaño, un juego de manos similar al de la religión. Tenga usted fe y obtendrá el perdón y la recompensa. ¿Y si no quiero tener fe o desconfío de quien me quiere guiar?, ¿y si solo soy un descreído hijo de puta, rebelde sin causa, al que le gusta probar y probar sin medida".

Yo no tengo demasiada fe en Isabell Brunet para medir calidades en el súper y no tengo la más mínima fe en Mikel Iturriaga para nada en absoluto. Tengo fe, si, en que un buen día alguien con verdadera capacidad y criterio tendrá al fin espacio en medios tradicionales para difundir el mensaje que algunos llevamos años tratando de hacer entender a gente como Iturriaga... que el vino es y está a años luz de las cortas entendederas de quien engaña y manipula, a años luz de los balances de cuentas de Codorniu y a una distancia sideral de todo lo efímero e impostado. Un buen día, ojalá, en El País hablará de vinos alguien con criterio.... ¡anda, si ya lo hace!. :-)

Ojalá algún día lo sigan tantos como hay y, al fin, el cuñado de turno lleve un vino realmente auténtico y verdadero a la próxima cena familiar. Ojalá.