lunes, 26 de diciembre de 2016

Epílogo

nombre masculino
1. Parte final de un discurso o de una obra literaria en la que se ofrece un resumen general de su contenido.
2. Parte final de ciertas obras literarias o dramáticas en la que se da el desenlace de alguna acción no concluida o se refiere un suceso que guarda relación con la acción principal o es consecuencia de ella.


Cuando era niño y me preguntaban aquello de "y tu, ¿que quieres ser de mayor?", temblaba.
"Yo, ¿de mayor?... pero,  ¿por qué tengo que ser mayor?".
Luego uno crece, por pura consecuencia natural, e interpreta que la pregunta no iba con segundas. Nadie espera al hacértela que realmente te la tomes en serio y adquieras alguna especie de compromiso con el destino donde, por tu propia determinación, busques la manera y pongas todo tu empeño en cumplir con esa promesa, "yo quiero ser bombero", por ejemplo. Y a pesar de tu ceguera, tus kilos de más y tu proverbial miedo a las alturas, al humo y al calor, lo das todo y te pones  como un animal para lograr el objetivo. Vamos, que no. Si tiene que ser que no, es que no.

Yo nunca he querido ser solo algo. Ser solo policía, solo bombero, médico, arquitecto, físico, escritor, periodista, actor, conductor, viajero... Yo lo quería todo y nada a la vez. Soy un as del procrastinar, un verdadero erudito en perder el tiempo. Incluso antes de enfermar me ha encantado dedicar horas los días libres a no hacer nada en absoluto, salvo pensar. Y eso porque mi cerebro no tiene un interruptor al que pueda acceder voluntariamente.

En la película "Chef" del inefable John Favreau, el protagonista, para intentar inculcar en su hijo el amor por las cosas bien hechas en la cocina, le dice: "Está claro que no he sido un buen marido (está separado) y puede que tampoco sea un gran padre, pero esto lo hago bien". Esta frase me hizo, cuando vi esta película por primera vez, hacerme esa misma pregunta; ¿que es lo que yo hago bien?. Y, a decir verdad, no lo se. Es más, creo que nada. Al referirme a "hacer algo bien" hablo de hacerlo realmente bien. Conozco a personas que hacen vino realmente bien, aunque luego el mercado, como una ola simbólica, los arrastra a las profundidades del averno miserable del mercadeo y los confunde. Pero el vino lo hacen realmente bien. Conozco hosteleros, camareros y sumilleres y a algún cocinero que son (ellos y ellas) realmente buenos en lo suyo. Memorables. Y, aunque luego el tirano, el cliente, los lleva por la senda de lo vulgar y efímero, de la moda más absurda, la verdad es que lo que hacen lo hacen como los ángeles.

Conozco a personas realmente buenas y también a un montón de hijos de puta. Pero si hay alguien a quien no conozca es a mi mismo. Me gusta el vino pero casi no bebo, me encanta comer pero no puedo y no debo. Disfruto leyendo pero cada vez lo hago menos y aunque detesto la televisión que se hace aquí en no pocas ocasiones termino viéndola. Soy humano, para entendernos.

Y divago. En eso soy muy bueno, aunque sea un recurso inútil. Divago aquí, lo hago en otros foros y lo hago a conciencia. Divago porque ir al grano podría significar el tener que reconocer mi incapacidad para ser sincero. Ser auténtico, ser directo y real sobre mi y mis obligaciones, mis consecuencias, mis destrozos y el reguero de desechos y basura que voy dejando tras de mi. La lista innumerable de sueños rotos, compromisos incumplidos, acuerdos inalcanzados. Deudas.

La realidad es tozuda. Las excusas, los atajos y la falta de credibilidad que jalonan parte de mi discurso en el mundo del vino han dejado claro que la revolución no fue tal. Tan solo un conato, una mala "asonada" donde no llegamos a sacar los tanques a la calle. Ni hubo mandos ni hubo tropa, solo alguna fogata y dos o tres tiros mal pegados. Por contra, la industria se ha hecho más fuerte, quizá ya irreductible. Nosotros, los desposeídos, nosotros los miserables descritos por Victor Hugo, no hemos hecho más que tocar el tambor y llamar a las calles de París a los parias de la ciudad que, al final, no han acudido. Y sin armas ni tropa nos han dado hasta en el carnet de identidad. Ni siquiera hemos planteado batalla, tal era nuestra certeza en la derrota.

Y en estas, el Marat de turno ha sido sustituido por una paisana medio en pelotas con un blog donde colgar las fotos que se saca con los prebostes del mundillo que, con la lanza en ristre, expresan una y otra vez su total ignorancia y falta de respeto por los y las auténticas hacedores del vino de verdad. Del vino de la postverdad, en términos de 2016 e internet. La postverdad del vino es un millonario en batín hablando ora de vinos de escándalo ora de Montecillos y dando por bueno todo lo que se embotella. La posverdad es aceptar que las muestras son un peaje que paga quien puede y que quien no puede inventa para adentrarse un poco más en el averno de la estupidez del mundillo. Postverdad soy yo y ni me había enterado.

En este contexto es en el que me planteo el fin definitivo de este lugar, de esta plaza en tierra hostil y, haciendo mía la definición de un referente para mi, el gran Julio Romero; "José Luis Louzán... antes tirador franco y ahora francotirador", me planteo si seguir o morir. Porque no me quedan ganas, ni fuerzas, pero sobre todo no me quedan agallas para soportar tanta desnudez, tanta imbecilidad, empezando por la mía, y tanto quiero y no puedo. Beber vino no puede ser el acto insolidario de un simple usuario. Beber debe ser vivir y si uno no está dispuesto, el silencio. No es admisible escribir sobre vino cuando se bebe con asco pero menos aun cuando se compara, en una especie de "totum revolutum"  a un rioja de medio pelo con lo más excelso del universo de Ramiro, por ejemplo. No es admisible comparar un albariño con Almabar, con Nanclares o con el último de Iria Otero. Joder, es un puto insulto, hostia. Razonemos.

 Me niego a admitir que de vino puede hablar cualquiera, porque esto es tan absurdo como que yo hable de medicina. Un ignorante no puede hablar de vino. Puede hablar de el, por supuesto, pero quien le haga el más mínimo caso es un absoluto majadero. Hablar de vino es hablar de vísceras, de tripa, de corazón y alma y quien no sepa de que va todo eso mejor que hable de cerveza. Concebir que algo que depende tanto, tantísimo, del intelecto humano como la elaboración de vino es solo el resultado de aritmética, formulas y datos es algo así como creerse que la obra de Lorca es pura sintaxis y métrica.
"Ya te vemos dormida.
Tu barca es de madera por la orilla.

Blanca princesa de nunca.
¡Duerme por la noche oscura!
Cuerpo de tierra y de nieve.
Duerme por el alba, ¡duerme!

Ya te alejas dormida.
¡Tu barca es bruma, sueño, por la orilla!"

Quien piense que las cosas que nos llenan el corazón y nos limpian la mente salen del frío cálculo y la ciencia fría viven equivocados. Y es una pena. Nunca podrá, por mucho que el club de cata se empeñe, ser lo mismo una vertical de Belondrade que un solo de Crisopa. Jamas un Lalama de 2004 será como el del 2010 porque falta Laura y nunca, nunca, el Kracher del hijo será como el del padre. Y hay una buena razón para que todo esto sea así y se llama amor.

Mirad, yo no se hacer bien casi nada, pero se leer. Leer lo hago bastante bien. Y leo, entre líneas, que en algún momento una lista no pequeña de hijos e hijas de puta ha pretendido hacer presa en nuestro pequeño islote para hacerse con nuestra orilla. Y no se lo voy a permitir. Conmigo no van a poder porque, simplemente, no me apetece.

Así que voy a escribir, voy a escribir y a decir, emboscado, que me cansan los blogueros cutres, los comidistas interesados, los articulistas que confunde bueno con barato y que "la calidad no es cara" como si viviéramos en la rusia de los 60, que me enamora una cena entre amigos y amigas, que echo mucho de menos a mi buen Mariano, a Carlitos y a mi hermano Piki, a los asturcones, a mi querida Marbella y a muchos y muchas que he ido dejando en el camino por mi mala cabeza, por la política torticera del tiempo en el que vivimos o por mi total incapacidad para aceptar que el amor tiene muchas caras. No voy a cambiar, pero en el vino no hay colores y eso es tan real como un sorbo de Abel Mendoza Malvasía del 2005.

Veréis, jalonando el texto, enlaces a múltiples temas musicales, principalmente bandas sonoras de películas. No pretendo que os los escuchéis (líbreme Dios) pero si quiero deciros que en todos los casos han acompañado en algún momento concreto la redacción de este texto. Son mi "real torcedor", el fulgor sobre el que me apoyo para no desfallecer mientras me desnudo aquí. Aprovechadlos con tino.

Voy a seguir escribiendo sobre vino, sobre mi y sobre mis circunstancias y voy a seguir haciéndolo tal y como lo he hecho hoy. Quien espere otra cosa está muy equivocado. No se hacerlo mejor pero tampoco creo que deba dejar de hacerlo.

Respirad hondo... ¿Vamos?