lunes, 13 de febrero de 2017

Soy yo

Algunos creemos que el mundo, sus pobladores, se pueden dividir en dos. La clave del asunto está en decidir "en dos que". Dos mitades, claro, pero ¿bajo que criterio?.

El mundo se puede dividir entre los que han visto enteras las siete temporadas de "El Ala Oeste de la Casa Blanca" y los que no. Los últimos se quedaron sin ver su último episodio, "Mañana", sin entender lo profundo, lo sentimental, lo humano de esa frase en el cierre, cuando la mujer del presidente de los EE.UU en esta ficción, le pregunta a su marido, que acaba de abandonar el cargo tras 8 años durísimos; "Jett, ¿en que estas pensando?", "en mañana".

El mundo se puede dividir entre los que han oído el "Nessun Dorma" de la opera Turandot de Puccini con conocimiento de causa y los que no. Calaf le dice al pueblo de Pekín "que nadie duerma" mientras no se descubra el nombre, el suyo, del pretendiente que ha acertado las tres adivinanzas de la cruel Turandot, la princesa china de la que es pretendiente: "Al alba venceré!" canta Calaf, que interpretado por el desaparecido Luciano Pavarotti alcanzó sus más altas cotas. "Vinceró!"

El mundo se divide entre quienes han probado El Carro de 2010 y los que no. O Abel Mendoza Malvasía de 2005, o un Albamar de 2011. Una parte no pequeña del mundo ignora que existe un placer mayor más allá de la simple ingesta de vino. Incluso, de entre aquellos que se suponen en el lado correcto de esta raya imaginaria también hay multitud de ignorantes. El mundo se divide entre quienes han estado en el Louvre y los que no. Hay quien prefiere, allá cada quien, visitar Roma y el Vaticano con no se que afán espiritual. Yo la espiritualidad la dejé olvidada en un plato de callos en Asturias, rodeado de gente con alma y corazón. En el Louvre padecí, sufrí. Lo hice ante la irreversible verdad de que no podría entrar en aquellas salas a diario el resto de mi vida. Que muy probablemente, solo con mucha suerte, sería capaz en el futuro de volver a ver ante mi a la Victoria Alada de Samotracia, "Las Bodas de Caná" de Veronese o "La Virgen de las Rocas" de Leonardo. Que con muy poca probabilidad sería alguna vez capaz de volver a estar delante de "La Encajera" de Vermeer o de las "Mujeres de Argel en su apartamento" de Delacroix.

El "Ser o no ser" de Shakespeare dirimido en actos de pura lujuria emocional. No puedo beber vino. Pude y tal pueda, pero ahora no. Tampoco soy muy capaz de escribir. Donde antes las letras bailaban y se amontonaban certeras hoy salen de mi mente tal que alambre de espino, rajando y desgarrando todo lo que encuentran a su paso. No puedo más. Mi cabeza no quiere y hoy por hoy mi cabeza es la que manda. En mi peor momento soy mejor que el 95% de los que publican sobre vino (cobrando) y lo sé. Se que esto es así, sin falsas modestias y con muy poca pedantería. Lo se porque me lo han dicho, gente a la que respeto por su opinión y criterio. Pero lo se también porque lo veo y lo leo, desde la autoexigencia y sin complacencia alguna.
Pero ya no.

No quiero dejar de escribir así que lo haré "de vez en cuando". "El Presidente deberá, de vez en cuando, informar al Congreso sobre el Estado de la Unión y le recomendará las Medidas que él estime necesarias y convenientes", esto dice la Constitución de los Estados Unidos sobre la obligatoriedad del presidente de rendir cuentas al congreso. De vez en cuando. Si el puede...
Así que de vez en cuando escribiré, porque para mi es como respirar, un acto inconsciente. Y aunque mi respiración sea corta y mala, aunque tenga cada vez menos de inconsciente y mas de inconstante, yo tengo que escribir. Pero no sobre vino. Tal vez sí sobre personas, pero no sobre vino. No puedo beber, al menos no con la regularidad que merece este blog o aquellos que lo lean. No puedo mantener un criterio probando menos de 30 vinos al año. No es ni lógico ni medio normal. Tampoco lo es que participe en determinadas actividades relacionadas con este mundo, aunque de eso no hablaré porque es privado y muchos deben saber antes que nadie las razones y motivos. Pero no puedo escribir y debo atesorar cada palabra vertida para que no sobren ni falten.

No puedo escribir y me cuesta sentarme a teclear. Lo que antes llevaba 10 hoy cuesta 30 y eso no es para mi. El acto de teclear debe fluir, como la pluma, y aunque siempre he sido torpe en esto ahora es directamente desesperante. Empiezo este texto un jueves y lo acabo un lunes. Mis dedos no van al ritmo de mi mente y mi mente se ausenta sin motivos aparentes. Y con este coctel cuesta muchísimo ser veraz y certero. Y ya no hablo de escribir algo coherente y honrado que llegue, al menos, a tantos como ha llegado alguna de las cosas que aquí he escrito. Quiero divagar, cruzar umbrales, saltar vallas y correr sin sentido ni horizonte. Y eso es muy difícil cuando tus pies tropiezan entre si. Cuando el frío y la niebla te lo impiden. Quiero volar y no soy capaz ni de tomar impulso.

Lamento mucho todo esto. Mi ánimo es nulo y en estos tiempos de zozobra hacen falta payasos, no el "Grand Guignol". En aquel teatro parisino, el memorable Oscar Métenier ofrecía espectáculos basados en el drama mas horrendo, protagonizados por actores con las extremidades cercenadas y los ojos arrancados. Y la época que vivimos merece bufones, cómicos, no actores del método. El mundo del vino se rinde a la risa, al festival, a la juerga sin medida y a vinos mediocres que la llenen de burbuja y simpleza. Nada de tintos con garra y enjundia. Mejor burbujitas del montón, que no cuesten trabajo (no vaya a ser). Y así con todo. Así con la tele y el cine, así con reality`s y famoseo. Fuera estrecheces, adelante con el show.

Y yo no estoy para eso chicos y chicas. Me pide el cuerpo hablar de dramas propios y ajenos y no quiero. No quiero escribir así de mal para nada. Así que, de vez en cuando, escribiré, si, pero no sobre vino. O si, quien sabe. No lo se. Ni eso se.

El mundo se divide entre la media docena que leía La Trastienda de Louzán y los que no. Los que no se habrán perdido una época de lucha y verdad (no post-verdad). Y la otra mitad se habrán hinchado a leer a El Comidista, Peñín o Maribona. Eso que han ganado, eso que se han perdido. Es un país libre, o eso dicen.

Mi mundo se divide entre querer levantarme por la mañana y no querer. Y nunca quiero.  Mi mundo se divide entre escribir y sufrir o tumbarme y no hacer nada. Y lo segundo es infinitamente más cómodo, aunque duela en el corazón. Así son las cosas y no pinta que vayan a cambiar en un futuro inminente. No quiero escribir así, no debo, no puedo. Pero soy incapaz de dejarlo. Es un dilema. Es un castigo. Soy yo.



martes, 10 de enero de 2017

Vamos

Decía Nietzsche que "la verdad tiene forma y apariencia. Según sea la posición del observador la verdad puede ser entera, media o mentira. Y en algunos casos, incluso, ausente".

En gastronomía hay, como en casi todo, personas, entes y personajillos. Las personas, una minoría, atienden a criterios morales y éticos, incluso contra su propio interés. Los entes, como seres informes que son, atienden a intereses varios, sobre todo propios y, en no pocas ocasiones, contra criterios éticos y morales. Por último están los personajillos. estos, como la verdad, presentan varias formas; son verdaderos a medias, enteros o incluso son falsos. Hoy hablaremos de estos últimos.

Hay una verdad no escrita en el mundo del vino contra la que hace tiempo que nos vendría bien luchar porque, básicamente, es una verdad incierta. Si, vale, es un oxímoron.  Pero tal y como veréis más adelante, es probable que no me equivoque al definirlo así.
Se trata de la cata a ciegas. Ya he escrito sobre ella y dado mi opinión al respecto. Pero este acontecimiento reciente me hace volver sobre este mantra, carente en mi opinión de ningún valor científico y, por supuesto, de muy pocos valores éticos. Desde el punto de vista emotivo, catar a ciegas es, básicamente, la translación al mundo del vino del cuento del Vestido Nuevo del Emperador. Para los que no tuvisteis infancia, el cuento trata de un emperador vanidoso y esnob que gasta millones en ropa nueva y, por su propia vanidad, es engañado por un sastre bloguero de El País que le ofrece un vestido de un hilo tan especial que es invisible a ojos de todo el mundo salvo, claro, a los de los aduladores de la corte. Así consigue, resumiéndolo mucho, que el emperador acabe paseándose en pelota picada por las calles del reino, entre las risas de los pobres mortales, bebedores de coca-cola y vino de cartón, que ríen por la estupidez de su gobernante. Mientras, el sastre huye con los bolsillos llenos, claro está. En todos estos cuentos siempre sale ganando el mismo.


Este invento de El Comidista para el ex-periodico de izquierdas es un ejemplo de esto último.  Resulta que Isabelle Brunet cata a ciegas espumoso y cavas del super y sale que uno de los más ricos es también uno de los más baratos. El tal "Bach Extrisimo", un Penedes de pocos más de tres pavos en el super, le dijo a la buena de Isabell que se trataba de un cava "muy elegante" y que "tenía gracia". Le dio ocho puntos y medio sobre diez. El mejor de los nueve que probó. Tócate los pies.

De esta secuencia sale un debate en dos direcciones la mar de interesantes. Por un lado; ¿es de fiar la opinión de alguien cuando no refleja la realidad?. Si este cava era el mejor de los 9 y para una insigne catadora como esta señora se trataba de un vino "de los más complejos y los más untuosos del día", ¿que otras cosas aporta un Selosse de 150€ de los que a buen seguro si hay en la bodega de Monvinic?. El otro debate va en la linea de querer asimilar como es posible que alguien de los conocimientos y capacidades demostrados para la cata por la señora Brunet sea capaz de considerar que el mejor de los 9 era, probablemente, el brebaje más tóxico e infumable, el más retocado y masivo de los que se sirvieron en esa tanda. Una filial de Codorniu.
Y aquí es donde está el quid de la cuestión.

La cata a ciegas es una trampa. Lo es, claro está, no para los que son como nosotros, frikis de tomo y lomo que entienden que lo que la Sra. Brunet quiso decir es que, de esa muestra concreta de 9 cavas de medio pelo el menos infumable era el tal Bach. Es una trampa y de las gordas para todos los demás. Para los centenares, tal vez miles, que tras ver ese vídeo pueden tirar de cuñadismo y decir a quien quiera oírles que "la muchacha esta, que sabe un huevo de vinos caros, dijo en Internet que el Bach que te he traído, cuñado, es la rehostia!... así que saca de ahí esas mierdas tuyas y pon la copa flauta que vas a saber lo que es bueno".

Es evidente que para los reputados compañeros que llenarán de glamour y salsa el próximo concurso de cata por parejas del amigo Quin Vila no tienen ningún problema con la cata a ciegas. También es un hecho que los afamados catadores participantes en el mundial de cata a ciegas entienden de las virtudes de esta técnica para desentrañar las mejores cualidades y características de un buen vino. Lo que digo, y estoy convencido de ello, es que la cata a ciegas de vinos (o pseudo-vinos) en entornos inadecuados y condiciones difíciles, a manos de personajes como Mikel Iturriaga es solo otra herramienta más al servicio de los que desean desmontar eso del vino como quintaesencia de la calidad humana. Nada mejor que enseñar como el rey desnudo se pasea en pelota picada enseñando sus vergüenzas mientras cree, ufano, que viste un tejido de tal calidad y belleza que no está al alcance de los simples mortales. "¡Que sabrán ellos sobre dar con las notas de anís estrellado y zarzamora que nosotros detectamos en aquel vino del Jura!..."

Que sabrán ellos lo que es realmente un cava untuoso, elegante y complejo...¿no?.

La gracia de todo esto, si la hay, está en lo sencillo que es desmontar el mito de la cata a ciegas. Es lógico asumir que, si alguien ha sido capaz de utilizar licor de castaña o esencia de roble para dar a su vino un determinado estilo, por muy artificial que pueda resultar, ese alguien ha sido capaz también de disfrazar su artificio con la suficiente habilidad como para que alguien más o menos experto piense que está ante algo que no es lo que parece. La policía no es tonta. La misma capacidad que llevó a los técnicos a convertir el toque a plátano en parte de los aromas varietales de la Gamay, cuando jamas había sido tal, ha sido la que ha logrado que un brebaje con más o menos parecido a otros cavas de precios y calidades sensiblemente superiores parezca, a ojos de una experta, el menos malo de entre los malos.

Hace no mucho un loco dijo que; " Y es que el problema no son solo las personas. El problema es una mera cuestión de objetividad contra subjetividad...y de fe. Fe en que lo que allí se afirma (la puntuación, las estrellas, etc...) esa valoración única de un sujeto, es la medida real de la calidad de algo tan subjetivo como personas hay bebiendo vino en el universo. No es posible reducir a una cifra la humildad, la honestidad, la genialidad, el saber hacer, la lluvia, el frío, el sol, la nieve, el viento, la lucha contra los parásitos, la elección del día de la vendimia, la elaboración con todos sus innumerables aspectos y matices diferenciados. No.
Es un simple engaño, un juego de manos similar al de la religión. Tenga usted fe y obtendrá el perdón y la recompensa. ¿Y si no quiero tener fe o desconfío de quien me quiere guiar?, ¿y si solo soy un descreído hijo de puta, rebelde sin causa, al que le gusta probar y probar sin medida".

Yo no tengo demasiada fe en Isabell Brunet para medir calidades en el súper y no tengo la más mínima fe en Mikel Iturriaga para nada en absoluto. Tengo fe, si, en que un buen día alguien con verdadera capacidad y criterio tendrá al fin espacio en medios tradicionales para difundir el mensaje que algunos llevamos años tratando de hacer entender a gente como Iturriaga... que el vino es y está a años luz de las cortas entendederas de quien engaña y manipula, a años luz de los balances de cuentas de Codorniu y a una distancia sideral de todo lo efímero e impostado. Un buen día, ojalá, en El País hablará de vinos alguien con criterio.... ¡anda, si ya lo hace!. :-)

Ojalá algún día lo sigan tantos como hay y, al fin, el cuñado de turno lleve un vino realmente auténtico y verdadero a la próxima cena familiar. Ojalá.  


lunes, 26 de diciembre de 2016

Epílogo

nombre masculino
1. Parte final de un discurso o de una obra literaria en la que se ofrece un resumen general de su contenido.
2. Parte final de ciertas obras literarias o dramáticas en la que se da el desenlace de alguna acción no concluida o se refiere un suceso que guarda relación con la acción principal o es consecuencia de ella.


Cuando era niño y me preguntaban aquello de "y tu, ¿que quieres ser de mayor?", temblaba.
"Yo, ¿de mayor?... pero,  ¿por qué tengo que ser mayor?".
Luego uno crece, por pura consecuencia natural, e interpreta que la pregunta no iba con segundas. Nadie espera al hacértela que realmente te la tomes en serio y adquieras alguna especie de compromiso con el destino donde, por tu propia determinación, busques la manera y pongas todo tu empeño en cumplir con esa promesa, "yo quiero ser bombero", por ejemplo. Y a pesar de tu ceguera, tus kilos de más y tu proverbial miedo a las alturas, al humo y al calor, lo das todo y te pones  como un animal para lograr el objetivo. Vamos, que no. Si tiene que ser que no, es que no.

Yo nunca he querido ser solo algo. Ser solo policía, solo bombero, médico, arquitecto, físico, escritor, periodista, actor, conductor, viajero... Yo lo quería todo y nada a la vez. Soy un as del procrastinar, un verdadero erudito en perder el tiempo. Incluso antes de enfermar me ha encantado dedicar horas los días libres a no hacer nada en absoluto, salvo pensar. Y eso porque mi cerebro no tiene un interruptor al que pueda acceder voluntariamente.

En la película "Chef" del inefable John Favreau, el protagonista, para intentar inculcar en su hijo el amor por las cosas bien hechas en la cocina, le dice: "Está claro que no he sido un buen marido (está separado) y puede que tampoco sea un gran padre, pero esto lo hago bien". Esta frase me hizo, cuando vi esta película por primera vez, hacerme esa misma pregunta; ¿que es lo que yo hago bien?. Y, a decir verdad, no lo se. Es más, creo que nada. Al referirme a "hacer algo bien" hablo de hacerlo realmente bien. Conozco a personas que hacen vino realmente bien, aunque luego el mercado, como una ola simbólica, los arrastra a las profundidades del averno miserable del mercadeo y los confunde. Pero el vino lo hacen realmente bien. Conozco hosteleros, camareros y sumilleres y a algún cocinero que son (ellos y ellas) realmente buenos en lo suyo. Memorables. Y, aunque luego el tirano, el cliente, los lleva por la senda de lo vulgar y efímero, de la moda más absurda, la verdad es que lo que hacen lo hacen como los ángeles.

Conozco a personas realmente buenas y también a un montón de hijos de puta. Pero si hay alguien a quien no conozca es a mi mismo. Me gusta el vino pero casi no bebo, me encanta comer pero no puedo y no debo. Disfruto leyendo pero cada vez lo hago menos y aunque detesto la televisión que se hace aquí en no pocas ocasiones termino viéndola. Soy humano, para entendernos.

Y divago. En eso soy muy bueno, aunque sea un recurso inútil. Divago aquí, lo hago en otros foros y lo hago a conciencia. Divago porque ir al grano podría significar el tener que reconocer mi incapacidad para ser sincero. Ser auténtico, ser directo y real sobre mi y mis obligaciones, mis consecuencias, mis destrozos y el reguero de desechos y basura que voy dejando tras de mi. La lista innumerable de sueños rotos, compromisos incumplidos, acuerdos inalcanzados. Deudas.

La realidad es tozuda. Las excusas, los atajos y la falta de credibilidad que jalonan parte de mi discurso en el mundo del vino han dejado claro que la revolución no fue tal. Tan solo un conato, una mala "asonada" donde no llegamos a sacar los tanques a la calle. Ni hubo mandos ni hubo tropa, solo alguna fogata y dos o tres tiros mal pegados. Por contra, la industria se ha hecho más fuerte, quizá ya irreductible. Nosotros, los desposeídos, nosotros los miserables descritos por Victor Hugo, no hemos hecho más que tocar el tambor y llamar a las calles de París a los parias de la ciudad que, al final, no han acudido. Y sin armas ni tropa nos han dado hasta en el carnet de identidad. Ni siquiera hemos planteado batalla, tal era nuestra certeza en la derrota.

Y en estas, el Marat de turno ha sido sustituido por una paisana medio en pelotas con un blog donde colgar las fotos que se saca con los prebostes del mundillo que, con la lanza en ristre, expresan una y otra vez su total ignorancia y falta de respeto por los y las auténticas hacedores del vino de verdad. Del vino de la postverdad, en términos de 2016 e internet. La postverdad del vino es un millonario en batín hablando ora de vinos de escándalo ora de Montecillos y dando por bueno todo lo que se embotella. La posverdad es aceptar que las muestras son un peaje que paga quien puede y que quien no puede inventa para adentrarse un poco más en el averno de la estupidez del mundillo. Postverdad soy yo y ni me había enterado.

En este contexto es en el que me planteo el fin definitivo de este lugar, de esta plaza en tierra hostil y, haciendo mía la definición de un referente para mi, el gran Julio Romero; "José Luis Louzán... antes tirador franco y ahora francotirador", me planteo si seguir o morir. Porque no me quedan ganas, ni fuerzas, pero sobre todo no me quedan agallas para soportar tanta desnudez, tanta imbecilidad, empezando por la mía, y tanto quiero y no puedo. Beber vino no puede ser el acto insolidario de un simple usuario. Beber debe ser vivir y si uno no está dispuesto, el silencio. No es admisible escribir sobre vino cuando se bebe con asco pero menos aun cuando se compara, en una especie de "totum revolutum"  a un rioja de medio pelo con lo más excelso del universo de Ramiro, por ejemplo. No es admisible comparar un albariño con Almabar, con Nanclares o con el último de Iria Otero. Joder, es un puto insulto, hostia. Razonemos.

 Me niego a admitir que de vino puede hablar cualquiera, porque esto es tan absurdo como que yo hable de medicina. Un ignorante no puede hablar de vino. Puede hablar de el, por supuesto, pero quien le haga el más mínimo caso es un absoluto majadero. Hablar de vino es hablar de vísceras, de tripa, de corazón y alma y quien no sepa de que va todo eso mejor que hable de cerveza. Concebir que algo que depende tanto, tantísimo, del intelecto humano como la elaboración de vino es solo el resultado de aritmética, formulas y datos es algo así como creerse que la obra de Lorca es pura sintaxis y métrica.
"Ya te vemos dormida.
Tu barca es de madera por la orilla.

Blanca princesa de nunca.
¡Duerme por la noche oscura!
Cuerpo de tierra y de nieve.
Duerme por el alba, ¡duerme!

Ya te alejas dormida.
¡Tu barca es bruma, sueño, por la orilla!"

Quien piense que las cosas que nos llenan el corazón y nos limpian la mente salen del frío cálculo y la ciencia fría viven equivocados. Y es una pena. Nunca podrá, por mucho que el club de cata se empeñe, ser lo mismo una vertical de Belondrade que un solo de Crisopa. Jamas un Lalama de 2004 será como el del 2010 porque falta Laura y nunca, nunca, el Kracher del hijo será como el del padre. Y hay una buena razón para que todo esto sea así y se llama amor.

Mirad, yo no se hacer bien casi nada, pero se leer. Leer lo hago bastante bien. Y leo, entre líneas, que en algún momento una lista no pequeña de hijos e hijas de puta ha pretendido hacer presa en nuestro pequeño islote para hacerse con nuestra orilla. Y no se lo voy a permitir. Conmigo no van a poder porque, simplemente, no me apetece.

Así que voy a escribir, voy a escribir y a decir, emboscado, que me cansan los blogueros cutres, los comidistas interesados, los articulistas que confunde bueno con barato y que "la calidad no es cara" como si viviéramos en la rusia de los 60, que me enamora una cena entre amigos y amigas, que echo mucho de menos a mi buen Mariano, a Carlitos y a mi hermano Piki, a los asturcones, a mi querida Marbella y a muchos y muchas que he ido dejando en el camino por mi mala cabeza, por la política torticera del tiempo en el que vivimos o por mi total incapacidad para aceptar que el amor tiene muchas caras. No voy a cambiar, pero en el vino no hay colores y eso es tan real como un sorbo de Abel Mendoza Malvasía del 2005.

Veréis, jalonando el texto, enlaces a múltiples temas musicales, principalmente bandas sonoras de películas. No pretendo que os los escuchéis (líbreme Dios) pero si quiero deciros que en todos los casos han acompañado en algún momento concreto la redacción de este texto. Son mi "real torcedor", el fulgor sobre el que me apoyo para no desfallecer mientras me desnudo aquí. Aprovechadlos con tino.

Voy a seguir escribiendo sobre vino, sobre mi y sobre mis circunstancias y voy a seguir haciéndolo tal y como lo he hecho hoy. Quien espere otra cosa está muy equivocado. No se hacerlo mejor pero tampoco creo que deba dejar de hacerlo.

Respirad hondo... ¿Vamos?