martes, 10 de enero de 2017

Vamos

Decía Nietzsche que "la verdad tiene forma y apariencia. Según sea la posición del observador la verdad puede ser entera, media o mentira. Y en algunos casos, incluso, ausente".

En gastronomía hay, como en casi todo, personas, entes y personajillos. Las personas, una minoría, atienden a criterios morales y éticos, incluso contra su propio interés. Los entes, como seres informes que son, atienden a intereses varios, sobre todo propios y, en no pocas ocasiones, contra criterios éticos y morales. Por último están los personajillos. estos, como la verdad, presentan varias formas; son verdaderos a medias, enteros o incluso son falsos. Hoy hablaremos de estos últimos.

Hay una verdad no escrita en el mundo del vino contra la que hace tiempo que nos vendría bien luchar porque, básicamente, es una verdad incierta. Si, vale, es un oxímoron.  Pero tal y como veréis más adelante, es probable que no me equivoque al definirlo así.
Se trata de la cata a ciegas. Ya he escrito sobre ella y dado mi opinión al respecto. Pero este acontecimiento reciente me hace volver sobre este mantra, carente en mi opinión de ningún valor científico y, por supuesto, de muy pocos valores éticos. Desde el punto de vista emotivo, catar a ciegas es, básicamente, la translación al mundo del vino del cuento del Vestido Nuevo del Emperador. Para los que no tuvisteis infancia, el cuento trata de un emperador vanidoso y esnob que gasta millones en ropa nueva y, por su propia vanidad, es engañado por un sastre bloguero de El País que le ofrece un vestido de un hilo tan especial que es invisible a ojos de todo el mundo salvo, claro, a los de los aduladores de la corte. Así consigue, resumiéndolo mucho, que el emperador acabe paseándose en pelota picada por las calles del reino, entre las risas de los pobres mortales, bebedores de coca-cola y vino de cartón, que ríen por la estupidez de su gobernante. Mientras, el sastre huye con los bolsillos llenos, claro está. En todos estos cuentos siempre sale ganando el mismo.


Este invento de El Comidista para el ex-periodico de izquierdas es un ejemplo de esto último.  Resulta que Isabelle Brunet cata a ciegas espumoso y cavas del super y sale que uno de los más ricos es también uno de los más baratos. El tal "Bach Extrisimo", un Penedes de pocos más de tres pavos en el super, le dijo a la buena de Isabell que se trataba de un cava "muy elegante" y que "tenía gracia". Le dio ocho puntos y medio sobre diez. El mejor de los nueve que probó. Tócate los pies.

De esta secuencia sale un debate en dos direcciones la mar de interesantes. Por un lado; ¿es de fiar la opinión de alguien cuando no refleja la realidad?. Si este cava era el mejor de los 9 y para una insigne catadora como esta señora se trataba de un vino "de los más complejos y los más untuosos del día", ¿que otras cosas aporta un Selosse de 150€ de los que a buen seguro si hay en la bodega de Monvinic?. El otro debate va en la linea de querer asimilar como es posible que alguien de los conocimientos y capacidades demostrados para la cata por la señora Brunet sea capaz de considerar que el mejor de los 9 era, probablemente, el brebaje más tóxico e infumable, el más retocado y masivo de los que se sirvieron en esa tanda. Una filial de Codorniu.
Y aquí es donde está el quid de la cuestión.

La cata a ciegas es una trampa. Lo es, claro está, no para los que son como nosotros, frikis de tomo y lomo que entienden que lo que la Sra. Brunet quiso decir es que, de esa muestra concreta de 9 cavas de medio pelo el menos infumable era el tal Bach. Es una trampa y de las gordas para todos los demás. Para los centenares, tal vez miles, que tras ver ese vídeo pueden tirar de cuñadismo y decir a quien quiera oírles que "la muchacha esta, que sabe un huevo de vinos caros, dijo en Internet que el Bach que te he traído, cuñado, es la rehostia!... así que saca de ahí esas mierdas tuyas y pon la copa flauta que vas a saber lo que es bueno".

Es evidente que para los reputados compañeros que llenarán de glamour y salsa el próximo concurso de cata por parejas del amigo Quin Vila no tienen ningún problema con la cata a ciegas. También es un hecho que los afamados catadores participantes en el mundial de cata a ciegas entienden de las virtudes de esta técnica para desentrañar las mejores cualidades y características de un buen vino. Lo que digo, y estoy convencido de ello, es que la cata a ciegas de vinos (o pseudo-vinos) en entornos inadecuados y condiciones difíciles, a manos de personajes como Mikel Iturriaga es solo otra herramienta más al servicio de los que desean desmontar eso del vino como quintaesencia de la calidad humana. Nada mejor que enseñar como el rey desnudo se pasea en pelota picada enseñando sus vergüenzas mientras cree, ufano, que viste un tejido de tal calidad y belleza que no está al alcance de los simples mortales. "¡Que sabrán ellos sobre dar con las notas de anís estrellado y zarzamora que nosotros detectamos en aquel vino del Jura!..."

Que sabrán ellos lo que es realmente un cava untuoso, elegante y complejo...¿no?.

La gracia de todo esto, si la hay, está en lo sencillo que es desmontar el mito de la cata a ciegas. Es lógico asumir que, si alguien ha sido capaz de utilizar licor de castaña o esencia de roble para dar a su vino un determinado estilo, por muy artificial que pueda resultar, ese alguien ha sido capaz también de disfrazar su artificio con la suficiente habilidad como para que alguien más o menos experto piense que está ante algo que no es lo que parece. La policía no es tonta. La misma capacidad que llevó a los técnicos a convertir el toque a plátano en parte de los aromas varietales de la Gamay, cuando jamas había sido tal, ha sido la que ha logrado que un brebaje con más o menos parecido a otros cavas de precios y calidades sensiblemente superiores parezca, a ojos de una experta, el menos malo de entre los malos.

Hace no mucho un loco dijo que; " Y es que el problema no son solo las personas. El problema es una mera cuestión de objetividad contra subjetividad...y de fe. Fe en que lo que allí se afirma (la puntuación, las estrellas, etc...) esa valoración única de un sujeto, es la medida real de la calidad de algo tan subjetivo como personas hay bebiendo vino en el universo. No es posible reducir a una cifra la humildad, la honestidad, la genialidad, el saber hacer, la lluvia, el frío, el sol, la nieve, el viento, la lucha contra los parásitos, la elección del día de la vendimia, la elaboración con todos sus innumerables aspectos y matices diferenciados. No.
Es un simple engaño, un juego de manos similar al de la religión. Tenga usted fe y obtendrá el perdón y la recompensa. ¿Y si no quiero tener fe o desconfío de quien me quiere guiar?, ¿y si solo soy un descreído hijo de puta, rebelde sin causa, al que le gusta probar y probar sin medida".

Yo no tengo demasiada fe en Isabell Brunet para medir calidades en el súper y no tengo la más mínima fe en Mikel Iturriaga para nada en absoluto. Tengo fe, si, en que un buen día alguien con verdadera capacidad y criterio tendrá al fin espacio en medios tradicionales para difundir el mensaje que algunos llevamos años tratando de hacer entender a gente como Iturriaga... que el vino es y está a años luz de las cortas entendederas de quien engaña y manipula, a años luz de los balances de cuentas de Codorniu y a una distancia sideral de todo lo efímero e impostado. Un buen día, ojalá, en El País hablará de vinos alguien con criterio.... ¡anda, si ya lo hace!. :-)

Ojalá algún día lo sigan tantos como hay y, al fin, el cuñado de turno lleve un vino realmente auténtico y verdadero a la próxima cena familiar. Ojalá.  


lunes, 26 de diciembre de 2016

Epílogo

nombre masculino
1. Parte final de un discurso o de una obra literaria en la que se ofrece un resumen general de su contenido.
2. Parte final de ciertas obras literarias o dramáticas en la que se da el desenlace de alguna acción no concluida o se refiere un suceso que guarda relación con la acción principal o es consecuencia de ella.


Cuando era niño y me preguntaban aquello de "y tu, ¿que quieres ser de mayor?", temblaba.
"Yo, ¿de mayor?... pero,  ¿por qué tengo que ser mayor?".
Luego uno crece, por pura consecuencia natural, e interpreta que la pregunta no iba con segundas. Nadie espera al hacértela que realmente te la tomes en serio y adquieras alguna especie de compromiso con el destino donde, por tu propia determinación, busques la manera y pongas todo tu empeño en cumplir con esa promesa, "yo quiero ser bombero", por ejemplo. Y a pesar de tu ceguera, tus kilos de más y tu proverbial miedo a las alturas, al humo y al calor, lo das todo y te pones  como un animal para lograr el objetivo. Vamos, que no. Si tiene que ser que no, es que no.

Yo nunca he querido ser solo algo. Ser solo policía, solo bombero, médico, arquitecto, físico, escritor, periodista, actor, conductor, viajero... Yo lo quería todo y nada a la vez. Soy un as del procrastinar, un verdadero erudito en perder el tiempo. Incluso antes de enfermar me ha encantado dedicar horas los días libres a no hacer nada en absoluto, salvo pensar. Y eso porque mi cerebro no tiene un interruptor al que pueda acceder voluntariamente.

En la película "Chef" del inefable John Favreau, el protagonista, para intentar inculcar en su hijo el amor por las cosas bien hechas en la cocina, le dice: "Está claro que no he sido un buen marido (está separado) y puede que tampoco sea un gran padre, pero esto lo hago bien". Esta frase me hizo, cuando vi esta película por primera vez, hacerme esa misma pregunta; ¿que es lo que yo hago bien?. Y, a decir verdad, no lo se. Es más, creo que nada. Al referirme a "hacer algo bien" hablo de hacerlo realmente bien. Conozco a personas que hacen vino realmente bien, aunque luego el mercado, como una ola simbólica, los arrastra a las profundidades del averno miserable del mercadeo y los confunde. Pero el vino lo hacen realmente bien. Conozco hosteleros, camareros y sumilleres y a algún cocinero que son (ellos y ellas) realmente buenos en lo suyo. Memorables. Y, aunque luego el tirano, el cliente, los lleva por la senda de lo vulgar y efímero, de la moda más absurda, la verdad es que lo que hacen lo hacen como los ángeles.

Conozco a personas realmente buenas y también a un montón de hijos de puta. Pero si hay alguien a quien no conozca es a mi mismo. Me gusta el vino pero casi no bebo, me encanta comer pero no puedo y no debo. Disfruto leyendo pero cada vez lo hago menos y aunque detesto la televisión que se hace aquí en no pocas ocasiones termino viéndola. Soy humano, para entendernos.

Y divago. En eso soy muy bueno, aunque sea un recurso inútil. Divago aquí, lo hago en otros foros y lo hago a conciencia. Divago porque ir al grano podría significar el tener que reconocer mi incapacidad para ser sincero. Ser auténtico, ser directo y real sobre mi y mis obligaciones, mis consecuencias, mis destrozos y el reguero de desechos y basura que voy dejando tras de mi. La lista innumerable de sueños rotos, compromisos incumplidos, acuerdos inalcanzados. Deudas.

La realidad es tozuda. Las excusas, los atajos y la falta de credibilidad que jalonan parte de mi discurso en el mundo del vino han dejado claro que la revolución no fue tal. Tan solo un conato, una mala "asonada" donde no llegamos a sacar los tanques a la calle. Ni hubo mandos ni hubo tropa, solo alguna fogata y dos o tres tiros mal pegados. Por contra, la industria se ha hecho más fuerte, quizá ya irreductible. Nosotros, los desposeídos, nosotros los miserables descritos por Victor Hugo, no hemos hecho más que tocar el tambor y llamar a las calles de París a los parias de la ciudad que, al final, no han acudido. Y sin armas ni tropa nos han dado hasta en el carnet de identidad. Ni siquiera hemos planteado batalla, tal era nuestra certeza en la derrota.

Y en estas, el Marat de turno ha sido sustituido por una paisana medio en pelotas con un blog donde colgar las fotos que se saca con los prebostes del mundillo que, con la lanza en ristre, expresan una y otra vez su total ignorancia y falta de respeto por los y las auténticas hacedores del vino de verdad. Del vino de la postverdad, en términos de 2016 e internet. La postverdad del vino es un millonario en batín hablando ora de vinos de escándalo ora de Montecillos y dando por bueno todo lo que se embotella. La posverdad es aceptar que las muestras son un peaje que paga quien puede y que quien no puede inventa para adentrarse un poco más en el averno de la estupidez del mundillo. Postverdad soy yo y ni me había enterado.

En este contexto es en el que me planteo el fin definitivo de este lugar, de esta plaza en tierra hostil y, haciendo mía la definición de un referente para mi, el gran Julio Romero; "José Luis Louzán... antes tirador franco y ahora francotirador", me planteo si seguir o morir. Porque no me quedan ganas, ni fuerzas, pero sobre todo no me quedan agallas para soportar tanta desnudez, tanta imbecilidad, empezando por la mía, y tanto quiero y no puedo. Beber vino no puede ser el acto insolidario de un simple usuario. Beber debe ser vivir y si uno no está dispuesto, el silencio. No es admisible escribir sobre vino cuando se bebe con asco pero menos aun cuando se compara, en una especie de "totum revolutum"  a un rioja de medio pelo con lo más excelso del universo de Ramiro, por ejemplo. No es admisible comparar un albariño con Almabar, con Nanclares o con el último de Iria Otero. Joder, es un puto insulto, hostia. Razonemos.

 Me niego a admitir que de vino puede hablar cualquiera, porque esto es tan absurdo como que yo hable de medicina. Un ignorante no puede hablar de vino. Puede hablar de el, por supuesto, pero quien le haga el más mínimo caso es un absoluto majadero. Hablar de vino es hablar de vísceras, de tripa, de corazón y alma y quien no sepa de que va todo eso mejor que hable de cerveza. Concebir que algo que depende tanto, tantísimo, del intelecto humano como la elaboración de vino es solo el resultado de aritmética, formulas y datos es algo así como creerse que la obra de Lorca es pura sintaxis y métrica.
"Ya te vemos dormida.
Tu barca es de madera por la orilla.

Blanca princesa de nunca.
¡Duerme por la noche oscura!
Cuerpo de tierra y de nieve.
Duerme por el alba, ¡duerme!

Ya te alejas dormida.
¡Tu barca es bruma, sueño, por la orilla!"

Quien piense que las cosas que nos llenan el corazón y nos limpian la mente salen del frío cálculo y la ciencia fría viven equivocados. Y es una pena. Nunca podrá, por mucho que el club de cata se empeñe, ser lo mismo una vertical de Belondrade que un solo de Crisopa. Jamas un Lalama de 2004 será como el del 2010 porque falta Laura y nunca, nunca, el Kracher del hijo será como el del padre. Y hay una buena razón para que todo esto sea así y se llama amor.

Mirad, yo no se hacer bien casi nada, pero se leer. Leer lo hago bastante bien. Y leo, entre líneas, que en algún momento una lista no pequeña de hijos e hijas de puta ha pretendido hacer presa en nuestro pequeño islote para hacerse con nuestra orilla. Y no se lo voy a permitir. Conmigo no van a poder porque, simplemente, no me apetece.

Así que voy a escribir, voy a escribir y a decir, emboscado, que me cansan los blogueros cutres, los comidistas interesados, los articulistas que confunde bueno con barato y que "la calidad no es cara" como si viviéramos en la rusia de los 60, que me enamora una cena entre amigos y amigas, que echo mucho de menos a mi buen Mariano, a Carlitos y a mi hermano Piki, a los asturcones, a mi querida Marbella y a muchos y muchas que he ido dejando en el camino por mi mala cabeza, por la política torticera del tiempo en el que vivimos o por mi total incapacidad para aceptar que el amor tiene muchas caras. No voy a cambiar, pero en el vino no hay colores y eso es tan real como un sorbo de Abel Mendoza Malvasía del 2005.

Veréis, jalonando el texto, enlaces a múltiples temas musicales, principalmente bandas sonoras de películas. No pretendo que os los escuchéis (líbreme Dios) pero si quiero deciros que en todos los casos han acompañado en algún momento concreto la redacción de este texto. Son mi "real torcedor", el fulgor sobre el que me apoyo para no desfallecer mientras me desnudo aquí. Aprovechadlos con tino.

Voy a seguir escribiendo sobre vino, sobre mi y sobre mis circunstancias y voy a seguir haciéndolo tal y como lo he hecho hoy. Quien espere otra cosa está muy equivocado. No se hacerlo mejor pero tampoco creo que deba dejar de hacerlo.

Respirad hondo... ¿Vamos?

lunes, 8 de agosto de 2016

La Gran Estafa

Si, he estado ausente. Si, se que no es bueno dejar mucho tiempo desatendido un blog si uno pretende ser seguido. Y si, se que mi letanía es cada vez más aburrida y obsesiva. Pero, para descanso general, es probable que no insista en el empeño, así que tampoco pasa nada por dar un último trago a la botella, ¿no?.

La vida es, básicamente, como una carretera secundaria gallega. Una buena dosis de curvas, más o menos cerradas, alguna que otra recta, aburrida y rápida, un par de cambios de rasante llenos de peligro. A mi me ha tocado la curva cerrada, peraltada al revés y con un firme lleno de baches. En ese penúltimo giro me ha tocado volver a un lugar que dejé por salud pero que recupero por supervivencia y dedicarme a algo que hace totalmente incompatible para mi cabecita escribir un blog sobre vino. Y en ese contexto he pensado que quizá sería bueno decir un par de cosas que merecen la pena quedarse escritas. Sobre el mundo del vino y sobre la vida, dado que a fin de cuentas ambas cosas son parte de lo mismo. Ese ruin y deshabitado lugar de la condición humana tan recurrido y triste: la verdad.

Vivimos una era de fraude. Fraude absoluto, profundo y necrosante. Fraude a todos los niveles, en todos los ordenes y para todas las personas. En esa ausencia de ética, robar está bien visto y dejarse robar es lícito, siempre que evite un mal mayor. Fraude en la política, en el deporte, en el arte, en la sociedad. Y fraude en el vino, claro. Fraude al hacerlo, fraude en la viña, en las DOs, fraude en sanidad, comercio y marketing. Fraude de tantas clases y a tantos niveles que alguno de ellos es ya ley por uso y costumbre. Cuando la acción fraudulenta es más común que la ética o moral se convierte en ley. Así de fácil.

En esta era desastrosa, hasta yo soy un fraude. Un fraude como empresario arruinado, como hombre reducido a la nada por su cabeza, como padre y como esposo. Un fraude material sobre todo, pero también inmaterial. Un fraude que se sustancia en la ausencia de amistades reales (mis amigos a distancia están eso... a distancia). Un fraude hasta para tragarse su propia mierda y no airearla a los cuatro vientos en redes como esta.

Fraude es la banca, que roba con la connivencia del gobierno al que sostiene vía créditos, prestamos y ayudas. Fraude es el gobierno y también la oposición, incapaz de hacer entender a necios e iletrados que da igual lo que crean, les roban aunque sea con su anuencia y permiso. Y que te roben es de necios y cretinos, más cuando lo sabes y no haces nada para impedirlo. Fraude en la administración pública.

Leo; "Ramón Iglesias, ingeniero agrónomo y promotor, necesitó tres años de gestiones, 10.000 euros en licencias, centenares de papeles y complejos trámites con más de 30 funcionarios de 11 departamentos pertenecientes a cuatro administraciones diferentes, para poder abrir su bodega ecológica.". Bravo. Hemos alcanzado el paroxismo absoluto de la estupidez humana. Nunca ninguna otra civilización en el futuro será capaz de alcanzar este nivel. Hemos logrado alcanzar a insignes humoristas como Miguel  Gila, Mario Moreno "Cantinflas" o la pareja Faemino y Cansado. El formulario amarillo, el verde, el rosa y el negro, por triplicado y en la ventanilla que no existe del ministerio que no está. Berlanga estaría orgulloso.

También debe estarlo en el cielo (orgulloso, digo) mi querido Braulio. El, enemigo acérrimo de las variedades foráneas y de la inversión "extranjera", como el llamaba a los inversores que compraban bodegas en Rioja desde Francia o los EE.UU., incluso cuando el capital lo ponía en BBVA o el Santander, estaría encantado con el último trío ganador en el celebérrimo concurso paralelo a la Festa do Albariño en Cambados, probablemente la excusa más grande jamas utilizada para cogerse un pedal de tres días y que pase por un evento de "profundas raíces culturales". Anywhere...
Braulio debe estar encantado viendo como el primer premio se lo lleva Vionta, un albariño elaborado en Meaño pero propiedad del Grupo Freixenet, el segundo Valmiñor, de la Cooperativa Valmiñor y el tercero Lagar de Cervera, que se hace en O Rosal pero que pertenece desde hace años (y se gestiona como sucursal) al Grupo Rioja Alta, responsable por ejemplo del Viña Ardanza.

Las tres máximas expresiones del Albariño Rías Baixas se gestionan  y deciden desde fuera de Rías Baixas. No me diréis que no es toda una declaración de principios, ¿No?.
Hace poco tuve oportunidad de toparme con uno de esos "Por-Para" de los que ya hablara en una columna anterior. Vino que alguien hace en su bodega y con su R.E., con uva comprada por un tercero a otros viticultores distintos y que finalmente este embotella bajo su denominación fiscal. Este en concreto era de los realmente malos, cargado de SO2 hasta las trancas, corregido en acidez y ausente de ninguna característica que te permitiese identificar de donde provenía, cual era su origen o como había sido tratado. No me lo bebí, entre otras cosas porque no podía, pero si me pregunté: ¿a que estamos jugando, en realidad?.

La realidad, triste o no, es que no existimos. Ni como colectivo ni como personas individuales. La crítica real, el verdadero escrutinio a las acciones de la industria alimentaria, sea esta para el vino o para las patatas, brilla por su ausencia pero es que, además, no se necesita. Ni se la espera. Nadie nos ha pedido nuestra puta opinión, joder. Y sin embargo aquí estamos/estoy, ¡casi ocho años después!, soltando la misma mierda y sin otro objetivo que contar cosas más que sabidas. Es patético.

Estoy cansado. Exhausto. Agotado psíquica y físicamente. Todo me cuesta horrores y si no escribo desde antes de celebrarse A Emoción dos Viños es, básicamente, porque esta edición, en la que prácticamente ni intervine, me ha dejado un sabor agridulce. No me malinterpretéis, creo firmemente en el certamen. Creo que el futuro del vino de calidad y auténtico pasa inexorablemente por A Emoción, está claro. Pero esta edición, llena de contratiempos y problemas, me ha puesto en claro algo que no había visto hasta ahora. Y es lo siguiente: ¿alguno entendéis que hacen juntos esos 75 elaboradores?. No me refiero a quien los invita, coordina o sitúa, no. El trabajo totalmente altruista de Marina y Antonio merece un homenaje que nunca tendrán, como suele pasar. No. Hablo de otra cosa. ¿Que hacen juntos ESTOS 75?. ¡Si no se pueden ver!.

Es público y notorio que hay roces y deferencias de criterio y concepto enormes, abismos brutales, tanto filosóficos como técnicos entre los presentes. Los hay naturales, que consideran que quien usa sulfuroso es poco menos que un delincuente. Los hay ecológicos, adheridos a la certificación y biodinámicos que otro tanto, que creen que los que se pasan el papeleo por el forro le echan mucho morro y los hay clásicos y de derechas que consideran que hay mucho "perroflauta". Hay enógolos de formación que critican los "defectos" de los vinos de los que no usan ni tecnología ni química en la bodega mientras estos últimos critican a los otros por intervencionistas y absurdos. Hay incluso quien critica a los que critican, por cansinos. Y esto lo hace mientras critica, claro. Y así "ad infinitum".

Pero, sin embargo, ahí están. Son la punta de lanza de una revolución que documenté pésimamente y para la que recibí la atención esperada. La del mismo grupo de frikis y descontentos que me jalean cuando escribo aquí mientras, en el mundo real, no significamos nada. No somos/soy nada. Otro "bocas" que, como afirmó aquí mismo no hace mucho alguien que no tuvo el coraje de identificarse, "rezuma hiel hediondo y amargura". Y tal vez sea así, porque la vida es dura e ingrata, pero no es por el vino que siento esa amargura. Es por mi. Así que cuando digo que hay personas que lo tienen más sencillo que otras para cumplir sus sueños porque cuentan con medios económicos que otros no tienen, hablo de hechos, no de suposiciones. Si digo que alguien contrata a unos jóvenes y emergentes enólogos con "pedigrí" para un proyecto que no se ajusta, ni por volumen ni por filosofía, a sus postulados, lo digo porque lo sé. Y no lo digo para acarrear problema alguno a nadie, entre otras cosas porque no creo que pueda acarreárselo. Lo digo porque me parece que eso es marketing y así debe ser identificado. No es ni bueno ni malo, es marketing.

También creo que se entiende mal el mensaje general que ciertos viticultores recientes han planteado. Porque, a fin de cuentas, lo que estos/as personas pretenden es hacer vino. Hacerlo y venderlo, que para eso se hace. Y si sobrevuela en sus proyectos cierto aura místico es, en muchas ocasiones, por culpa de otros. La primera vez que Raúl Pérez sumergió botellas de Sketch en la Ría de Arousa dudo que lo hiciese por marketing. Pero estoy seguro de que, al poco de hacerlo, descubrió que, para los medios tradicionales, esto tenía mayor importancia que todo lo que había tras aquel albariño. El hecho de tratarse del primero en barrica (consciente, ya se que hubo otros), el hecho de hacerse desde unos parámetros y una filosofía diametralmente opuesta a la mayoritaria en la zona, la poda en verde, la selección en la viña, la vendimia seleccionada... esto  a "La 1" de TVE le importa un bledo. Pero que un enólogo regordete se vaya enfundando el traje de neopreno para sumergir vino en la gélidas aguas del atlántico gallego, ¡hombre, eso es otra cosa!

No me gusta la frase, pero la usaré. Tenemos lo que merecemos. Cuando aceptamos pulpo como animal de compañía, cuando nos pareció bien que se discuta el capitalismo para el vino pero no para el pan de molde, cuando aceptamos que un tipo es un gran empresario porque gana mucho dinero vendiendo vino (algo que ya debería hacernos sospechar), aceptamos que nos engañasen.
Y yo ya no estoy para estos pertrechos. Nunca creí que este espacio sirviese para mucho más que un descarado uso del mismo para mi goce y disfrute pero siempre albergué un sentimiento pequeñito y mío, de cierta capacidad para la reflexión de los demás. Siempre creí que alguna de las 236.580 páginas vistas en estos ocho años, que alguna de las 293 entradas (con esta) publicadas, habría servido para que alguien que entró al blog pensando que el vino es algo que mejor cuanto más barato y que "la calidad no es cara", cambiase de opinión. Y hoy, ocho años después, se que no es así. El mundo no funciona así.

Xurxo Alba es el paradigma del vino real. De la revolución real. Un tipo en los 40, dispuesto a jugársela en una inversión en fudres de roble francés ensamblados en Austria, en depósitos de acero y en barricas de segunda mano para hacer lo que quiere porque, en esencia, es así como quiere ganarse la vida. Un tipo que arriesga a echar menos sulfuroso del que le garantizaría una plácida elaboración porque cree en algo más. Pero que echa SO2, claro que si, porque no está loco. Un tipo que vendimia en familia, que elabora en familia y que vende casi en solitario. Y que además es buena persona. Hay que joderse...
Xurxo jamas se hará rico. El lo sabe y lo asume porque así es el. Pero que alguien como el, que hace lo que hace y como lo hace, nunca llegue a millonario debería hacernos pensar en si es razonable aceptar que los que deben decidir el futuro del "gran viñedo español" sean todos ricos de tomo y lomo. De los de club privado, casoplón y Mercedes en la puerta. De los que levitan tres centímetros sobre el suelo cuando los entrevista Iñaki o Pepa Bueno. De los que citan a Voltaire o a Rousseau. De los que llevan bata blanca y tienen las manos como un pianista. De los que compran bodegas en Meaño o O Rosal para después llevarse el concurso del albariño en el que participan solo aquellos que hagan, como mínimo, 3000 botellas de albariño. Los demás, por lo que se ve, no son representativos de la zona. La Rioja Alta y Freixenet si. Aha.

Demagogia barata, ya. Lo se. Estoy harto. Harto y aburrido. Y no tiene remedio.

Nunca he sido de morir. Nunca me ha dado por salirme del camino, de repente, como el emboscado que huye para saltar cual guerrillero a por el enemigo. Siempre me ha dado más por desaparecer entre la bruma, como Humphrey y el Capitán Renault al final de "Casablanca". Hacer mutis por el foro y despedirse con una reverencia. Y por si no os veo luego, buenos días, buenas tardes y buenas noches.



 * Fotos: De "Bienvenido Mr Marschal" de Luis G. Berlanga, del programa "España Directo" que recogió por primera vez la existencia de botellas de Sketch en jaulas en el mar de Arousa y de Humphrey Bogart, Rick en "Casablanca".